9ª entrega “El hombre que decidió volverse inteligente” -Mantihuega en el Palacio Real

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¡MANTIHUEGA EN EL PALACIO REAL!

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 A las seis menos veinte, milagrosamente, el grupo de supervivientes del Mantihuega estaba delante de la puerta del Palacio Real, en plena Plaza de Oriente. Finalmente habían decidido que fuera el Ruso, que era el más elegante de los restantes, aparte del Trave. Luis no estaba demasiado elegante, pero, considerando que era el intelectual, no tenía demasiada importancia. Todos ellos se habían puesto las corbatas verde pistacho del Inspector, las camisas con menos dibujos o manchas que habían encontrado y, si bien el aspecto visual no era muy homogéneo, tanto considerados a nivel grupal como a nivel individual, para cualquier observador consciente y dotado de buen olfato, era muchísimo menos homogénea la mezcla de aromas personales que habían impregnado a cada uno de los Liberadores del Planeta, lo que con toda seguridad podría confundir al más aplicado de los sabuesos rastreadores policiales. De hecho, a ellos mismos les confundía un montón. Porque, lo que claramente era un factor común de todas las ropas, era que el aroma personal las impregnaba con una larga tradición. Y, aunque la mayoría de los mortales tenemos olvidados nuestros propios aromas debido al exceso de publicidad de jabones y desodorantes que nos han impulsado a despojarnos de ellos, en el caso de nuestros amigos, éstos eran claramente parte de sus conciencias. Sabían cómo olían porque convivían con ello cada día, y su personalidad emocional estaba fuertemente unida a esa característica.

Grande era la preocupación y desencanto por no conocer la suerte del líder del grupo, el inspirador, el Pensador Mayor, que quizás estaba ya en viaje hacia algún emirato lejano, secuestrado por quien sabe qué oscura fuerza. Tras haber decidido que los musulmanes comían pollos y huevos, los espíritus de los Mantihuegos habían entrado en colapso, dando ya por perdido a su líder y sus compañeros. Sentían sincera pena por llegar al clímax del viaje sin Poncio, pero no iban a echarse atrás ahora. Luis, puesto a reemplazar al líder, ya estaba pensando en cómo sería la conversación con Letizia esa noche, en el parque al lado de la Mezquita. En la nota ponían que esperarían toda la noche, para que no tuviera problemas de horario para poderse escapar. Estaba muy orgulloso de su frase: “Venga abrigada”. Pensaba que revelaba claramente que el espíritu que les movía era completamente pacífico, casi diríamos, cariñoso, lleno de amor por la humanidad. Pero estaban todos decididos a triunfar. Se decidió que sería Luis el encargado de poner el papel en las manos de la Reina.

A las seis menos cinco, apareció el amigo del Trave. Tras los gritos y risas de salutación, miró con horror a los otros dos seres que acompañarían a su amigo y tragó saliva. Le dijo un lacónico: “Tú sabrás…” y le entregó tres cartelitos plastificados, que decían en grandes letras negras: ViAs. S.O.E.C.E.S. Luis, tras un minuto de hesitación, preguntó si ese era el nombre que les habían pasado.

– Es claro, – repuso el amigo del Trave. – Era “Víctimas Asociadas”, que era Vías ¿verdad? “…del Síndrome de Olvido Escolar Causado En Salud” ¿Hay algo mal?

– No, no, – musitaron los tres, cabizbajos.

El Trave, el Ruso, y el bueno de Luis, se colgaron los cartelitos y se despidieron de sus compañeros, que se quedaron apiñados como pollitos para darse calor junto a la estatua del rey catalán Wilfredo el Velloso (m.898, según se leía en el pedestal), quizás pensando inconscientemente que lo peludo del personaje podría abrigarles.

El más nervioso de los embajadores era el Trave. Estaba excitadísimo porque todos los miembros de las familias reales le parecían enormemente interesantes y atractivos. Güilian seguía enfurruñado por el veto a su presencia en el saludo y los demás, resignados y, quizás, aliviados de no tener que aprenderse una frase de memoria, disfrutaban del momento.

Cuando ya se dirigían hacia la puerta, a lo lejos se oyeron gritos: “¡Esperad, esperad!”. Con enorme emoción vieron surgir de la calle Carlos II, junto al Teatro Real, al Primer Pensador y Líder del Movimiento, junto con los otros tres presuntos mártires que llegaban a toda carrera. El único que llevaba zapatos era el Loco.

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Dentro del Palacio, la Reina Letizia se preparaba para la entrevista, poniéndose una tras otra, pastosas capas de crema esterilizante para las manos.

– No estoy seguro de que esto sea bueno, Leti, le decía su marido

– Pues es bactericida y dermoinsensibilizante – aducía ella– . ¿Crees que no bastará?

No. – fue la real respuesta– Creo que no bastará, pero que da igual. Lo que pienso es que así, tu piel nunca podrá producir las grasas naturales y normales que debería, con lo cual la estás desaprendiendo de una función natural. Lo leí en una publicación Bio. Lógica.

– A mí sí que me da igual. Lo que necesito es quitarme esa sensación. Desde aquella vez que vinieron los de la AVECU…

– ¿AVECU? No me acuerdo

– Sí, Feli. La Asociación de Víctimas de Erupciones Cutáneas. No puedo olvidarme del hormigueo que me duró toda una semana. ¡Y eran treinta! ¡Treinta!

– Hombre, lo que fue una exageración fue meter la mano en agua hirviendo con vinagre. El problema pienso que te vino de allí.

– No estaba hirviendo. Había hervido. Pero sí, fue una exageración, desde luego. Pero tú sabes cómo soy de aprensiva. Y luego, el día aquel de las tres mil personas, fue terrible. ¡Y los hombres que piensan que han de apretar fuerte, para transmitir firmeza y autoridad! Los militares son insufribles.

– Ni me lo expliques…

– Pero, en realidad, si lo de las cremas en la piel fuera cierto, mi cara ya no produciría ningún tipo de grasitas saludables y necesarias para su correcta lubricación. Que tú no te pones nunca y vas a acabar como tu padre, todo arrugado.

– Con las cremas que absorbo de tu cara, tengo suficiente – respondió el campechano trabajador real.

Ella le miró con cara de que estaba por iniciar un discurso de reprimenda, a lo que el hábil monarca se anticipó con una sonrisa de resignación:

– Bueno… Tenemos momentos difíciles, pero tampoco se puede decir que hayas hecho un mal matrimonio, ¿no?

– No lo sé – respondió ella pícara– A veces me lo pregunto…

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– ¡No hay tiempo de explicar nada! – dijo Poncio, al llegar. – ¡Entremos!

– Pero, Poncio – dijo el Ruso, mientras se quitaba disciplinadamente la identificación del ViAs SOECES– No tienes zapatos.

– ¡Anda, es verdad!… ¿Alguien calza 46?

Los dos o tres que calzaban 46 decidieron que justamente en ese momento no tenían ganas de confesarlo, por lo cual Poncio, el Pensador se quedó un poco cortado. Luis, el siempre práctico Luis, propuso:

– Que el Inspector te deje sus calcetines negros. Tiene pies grandes y…

Antes de que acabara de hablar, el Ruso y Güilian se apresuraron a quitarle los zapatos y calcetines, reeditando la situación de la Mezquita. Pero ahora no hubo protestas que valieran. Sentado en el suelo de la plaza, el Inspector se recolocó los zapatos sobre los pies descalzos, rechazando ofendido los calcetines de rombos rojos, azules y verdes que se había quitado Poncio, mientras éste se colocaba los negros con gesto de aprensión. Por suerte, al estar un poco endurecidos por la solidificación de las sustancias acumuladas, daban la impresión, si no de zapatos, al menos de zapatillas. Decidieron que se pusiera los pantalones lo más bajos posible para taparse los pies y así partió la delegación de Mantihuega al encuentro de la reina Letizia, con sus autoridades y su gestor de Relaciones Públicas marchando con la cabeza bien alta y una enorme determinación en el semblante. Iban a luchar por la Humanidad y nadie podría detenerles.

En realidad, en lo que respecta a su gestor de Relaciones Públicas, el Trave, la conciencia de la trascendencia de su misión, no era tan clara. Estaba fascinado con la gente, con los soldados vestidos de gala, con la sensación de que mucha gente lo estaba mirando y quizás diciéndose: “Allí va ese hombre tan guapo a tener una entrevista con los Reyes, y a estrecharle la mano a la reina Leticia, cosa que tan solo unos pocos miles de personas por semana pueden hacer”. Efectivamente, como si hubieran oído sus pensamientos, una pareja de adolescentes punkis les contemplaban entrar, mientras se comentaban: “¡Mira, ahora traen a los pensionistas para que conozcan el Palacio Real antes de morir!”

Pasaron entre los soldados, Poncio tratando de hacer ruido con los talones para disimular su carencia de calzado, cosa que solo consiguió generarle un intenso dolor en la zona; el bueno de Luis, observando todo y pensando: “¡Cómo le gustaría a Estrellita estar aquí!” y el Trave absorbiendo imágenes como si sus ojos fueran un agujero negro, de esos del espacio. Poncio iba repitiendo la frase que habrían de decir, y aleccionaba:

– Recuerda bien, Trave. Tú irás el primero y dirás: “Somos un grupo secreto que…”, mirándola a los ojos y dejando bien colgada en el aire la frase, para que sepa que después viene una continuación, y, si puedes, le haces un gesto con la cabeza, señalando a Luis. ¿Estamos?

– ¡¡Que sí, hombre, que sí!! – protestó el Trave, molesto porque no le dejaban concentrarse en su apasionada inspección ocular.

– Luego viene Luis, y dice: “…ha descubierto el plan de los huevos y las gallináceas que…”, también dejándole el “que…” bien en el aire, para que note que la frase sigue y, además, también le haces un gesto con la cabeza…

– ¡Yes! ¡Ayay, Sir! – Luis siempre decía esto porque había creído oírlo en una película norteamericana de submarinos de la 2ª guerra.

– Recuerda de pronunciar bien “huevos y las gallináceas”, porque es difícil de decir y se te va a trabar la lengua. ¿Vale? Y yo le digo “…nos invaden el cerebro para destruirnos”. Y le doy el papel.

Se miraron en los ojos con enorme emoción. Estaban a punto de vivir un momento histórico. Eran duros hombres bregados, de almas encallecidas por mil dolores y por ilusiones aplastadas desde su más tierna adolescencia. Pero hoy, se sentían diferentes. Se estimaron muy profundamente en ese momento.

Mientras caminaban, Poncio iba ensayando cómo ponerse el papel entre los dedos. Pero decidió que era demasiado evidente y, además, no sabía cómo soltarlo en el momento de dar la mano. Decidió que lo mejor era llevarlo hecho una bolita con la palma hacia arriba, en forma de cucharita y, ya en el saludo, lo aplastaría contra la real mano, para que ella lo notara.

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A todo esto, ya estaban llegando a la Sala de las Columnas. Dentro, había un montón de sillas dispuestas como en una platea teatral, en filas de veinte en fondo con un amplio pasillo central, donde todo el mundo ya se había ido colocando. Como ellos fueron de los últimos en llegar, les tocaba sentarse ya en la última fila. En absoluto resignado, el Trave siguió desplazándose hacia la parte delantera del salón. La primera fila de los diez asientos a la izquierda, estaba vacía. La de la derecha, no. Nadie había osado sentarse, seguramente. Con gran presencia de ánimo, arrastró a los otros y los sentó allí. Poncio se sentó tratando de poner los pies tras las patas de la silla y arreglándose nervioso el estrecho corbatín de cuero verde sobre la camisa rosa. Frente a ellos, frente a toda la sala y entre las dos grandes columnas, dos sillas rococó tapizadas de rojo con patas torcidas como señoras con cartucheras o cowboys recién bajados del caballo y, entre ellos, un pequeño atril. Allí, seguramente, se sentarían la Reina y algún secretario.

Luis no paraba de repetirse: “…ha descubierto el plan de los huevos y las gallináceas que…” y susurraba a Poncio:

– ¿Se dice: un grupo que “ha” descubierto el plan… o que “hemos” descubierto el plan?

Poncio, muy en su papel, dictaminaba:

– Aprende, buen Luis, a distinguir lo importante de lo secundario, lo esencial de lo anecdótico.

– Bueno – aceptó Luis sin inmutarse– . ¿Pero se dice que “ha” descubierto o que “hemos” descubierto?

– ¡Es igual, Luis! ¡Concéntrate en lo que debes!

– Si no lo sabes, dímelo… No pasa nada, ¿eh?

– ¡A lo esencial, Luis…!

El Trave miraba embelesado las pinturas del techo…

– ¿Ves? Es la imagen del Rey representado como el sol que da vida a todo lo demás.

– Pues normalmente, daban más muerte que vida, ¿no?

– ¡Qué tontería! Mira ese techo…

– ¿Quieres concentrarte? Además, cuando miras hacia arriba se te abre la boca y pareces un muerto.

El Trave bajó inmediatamente la cabeza y solo tuvo ojos para la estatua del rey, al fondo de la sala.

– Miradlo. ¿Lo veis? Es Carlos V triunfando sobre sus enemigos. Debajo de la armadura, la estatua está desnuda.

– Todos estamos desnudos debajo de la ropa.

– Sí, pero a éste rey, se le puede quitar la armadura y verlo desnudo.

– ¿Y para qué?

– ¡No sé, tonto! Era una costumbre de la época.

– Igual ponían un cuarteto de cuerdas y se dedicaban a desnudar a Carlos V al ritmo de Mozart! – se distrajo Luis.

– ¡Oh…! – ofendióse el Trave– ¡Qué brutos que sois!. Los tapices son del siglo XVII.

– A ver si ahora Trave, resulta que eres culto.

– Para que os enteréis, en mi época, fui a la Escuela de Bellas Artes, so tontos.

– ¿Tú, de Bellas Artes? ¿Ibas a estudiar allí?

– No, Iba a ligar. Pero, de tanto ir, algo se te pega.

Poncio, entretanto, observaba a la gente. Valoró que, de todos los presentes, muy pocos pertenecían a su clase. En general, había unos pocos que se notaban como humildes siervos, pero siempre iban conducidos por algún Señor o Señora de elegantes modales y mirada decidida.

En un momento dado, se abrieron las puertas y apareció el Rey, Leticia y unas diez personas más. Poncio sintió que se le estrujaba un poco el corazón. No contaba con que viniera también el Rey. Se le antojaba todo más fácil con Letizia sola. Un rápido cálculo matemático le indujo a pensar que, si delante había dos sillas y un atril, y habían entrado una docena de personas, seguramente las primeras filas serían para ellos, como no tardó en confirmar cuando todos, con paso decidido, se dirigieron hacia las sillas que ellos ocupaban.

CONTINÚA MAÑANA

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