10ª entrega “El hombre que decidió volverse inteligente” – La Audiencia de sus Majestades

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La Audiencia de sus Majestades

Entretanto, en la Plaza de Oriente, junto a la estatua de Wilfredo el Velloso, habían acontecido varias cosas interesantes.

Por lo pronto, el grupito de Salvadores del Mundo, arremolinado junto al velludo antepasado, se había ido sintiendo más cómodo y, ante la ausencia de los líderes, como cualquier manada, se habían diseminado a su aire por los jardines. El Inspector, pese al disgusto de haber perdido sus calcetines, tomo el mando y dijo:

– Cada diez minutos, todo el mundo vuelve aquí. ¡Cada diez minutos! Como no sabemos cuánto tardarán, cada diez minutos paso lista. ¿De acuerdo?

– Yo no tengo reloj – dijo Federico: ¿Cómo hago?

– Tú no te mueves de aquí. Total…

Federico se deprimió aún más si cabe y se sentó en el césped a meditar.

– Serás el centro de reunión, – dijo el Inspector, permitiendo extrañamente que asomara una mínima sombra de sensibilidad.

– ¡Ah! ¡Vale! – se enorgulleció Federico. Y dejó disolverse un poco de la tristeza sombría que ya le había invadido y puso cara de Meeting Point.

– Pues yo tampoco tengo reloj – dijo el Loco. – Y no pienso quedarme aquí sentado.

– Entonces vas contando en voz baja. Del uno al seiscientos. Cuando llegues al 600 tienes que estar aquí. ¿Estamos?

Solucionado de manera tan creativa el problema, todos se comenzaron a dispersar, dejando libre por un momento la curiosidad que asalta a todos los turistas, empeñadísimos en conocer todos los detalles de cada piedra de las otras ciudades que no son las propias. Está demostrado que el 83% de los visitantes del Museo del Prado, jamás han visitado un Museo en su ciudad natal.

Fue el momento en que la Noble Bestia apareció delante del Teatro Real y de él bajaron, en medio de grandes risas, Estrella -la mujer de Luis- y el camionero.

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Eran ocho las personas que, con expresión adusta y severa, se dirigían hacia ellos y, en cada paso se podía oír como tronaba la clarísima determinación de “nadie me va a quitar mi silla en primera fila“. Azorados, los Mantihuegos se miraron entre sí y se pusieron en pie, con la vista clavada en sus zapatos. Se desplazaron cautelosamente hacia el pasillo lateral y dejaron que los ocho señores importantes se sentaran en las sillas centrales. Luego, ordenadamente y en las únicas dos sillas que habían quedado libres en el extremo de la fila, se sentaron Luis y el Trave. Poncio se quedó de pie.

El silencio se había hecho en la sala y nadie parecía saber qué hacer. Especialmente Poncio, que miraba para todos lados, para ver si había una silla o si se esperaba de él que se quedara de pie contra la pared, como en los recreos del colegio. Y los asistentes le miraban hipnotizados, dada la policromía reluciente de su atuendo que le hacía aparecer como una cacatúa tropical en medio de una bandada de palomas grises.

Letizia y Felipe se intercambiaron algunas palabras en idioma futbolista, o sea, tapándose la boca para que no se les leyeran los labios. Dentro de su seriedad, se podía percibir que se reían. El bochorno de Poncio aumentaba y se era evidente que estaba a punto de explotar o de tomar alguna determinación, lo que podría ser terrible. Podía mascarse la tensión, cuando, afortunadamente, un Joven Funcionario, se acercó con una silla plegable de plástico naranja, que gentilmente ofreció al único espectador de pie en la sala. Poncio la aceptó, tranquilizado e intentó sentarse. En ese momento, un Funcionario no tan Joven, de Protocolo Real, acudió presuroso y con una mirada furibunda dejó congelado al Joven Funcionario, mientras decía por lo bajo, con voz de odio… “¡Siglo XVII! ¡Salón de las Columnas del Palacio Real! ¡Siglo XVII!!… ¡Parece mentira la incultura!…” Retiró con presteza la silla plegable, escondiéndola detrás de un tapiz, mientras ya otro funcionario,  seguramente de menor rango, aparecía cargando un pesadísimo pero hermoso reclinatorio, del s. XVII, forrado en riquísimos brocados y que, en definitiva, no era más que una sillita de patas cortísimas y respaldo altisimo. Colocó con mucha ceremonia el reclinatorio en el extremo de la fila y Poncio se sentó, totalmente azorado. Quedó unos treinta centímetros por debajo del nivel de todos los demás, pero, al menos, estaba sentado. Y pudo comenzar el acto.

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– ¿Qué haces aquí? – fue la pregunta que por todas las bocas surgió al ver a Estrella con el camionero.

Antes de cualquier atisbo de respuesta de ella, la voz iracunda del amo de la Noble Bestia se dejó escuchar:

– A mí se me dijo que me ibais a lavar el camión y por mi madre que lo vais a lavar, que yo no hago el imbécil jugándome la vida para transportar unos imbéciles aún más imbéciles que yo a Madrid. ¡Y gratis! Y contigo, Gordo, arreglaremos cuentas. Menos mal que me encontré a esta distinguida señorita y que ha coincidido que todos os buscábamos a vosotros.

– Pero… ¿cómo habéis llegado hasta aquí? Y tú, Estrella; ¿cómo es que no estás en el bar, en Barcelona?

– ¡Sí! ¡Es claro!… Yo allí, trabajando y el otro paseando por el país. No, no. Además, yo también quiero ser del Mantigallis este, porque no tiene que faltar una mujer y me interesa eso de los huevos y las gallinas. Luis me lo contó todo y yo entendí y quiero participar. Estoy harta de mi vida vacía e inútil y quiero servir a la Humanidad, a una Idea, a una Causa… El mundo necesita de nosotros…

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En ese momento, el Joven Funcionario, que acababa de llevarse la silla y dejarla escondida en un baño, salía corriendo del Palacio Real mirando hacia todos lados. Al divisar el grupo, corrió hacia ellos preguntando:

– ¿Vosotros sois los de la Asociación de Defensores de las Personas sin Hogar?

– ¡Sí! – respondieron todos al unísono y sin dudar ni un segundo.

– ¡Teníais que estar hace media hora! ¡Pasad, pasad, que aunque ya no lleguéis a la Audiencia, que acaba de comenzar… al menos podréis ir al tentempié!

Sin dejarle hablar más y obedeciendo ávidamente, todos se apelmazaron unos contra otros y en compacto y decidido pelotón marcharon hacia la entrada.

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Quizás un poco tarde, el Joven Funcionario Real comenzó a mirarles con más atención y a mostrar algunas dudas… Como Funcionario Real bien preparado, él se sabía los dos preceptos fundamentales: a) Que los reyes han de mostrar su sensibilidad social recibiendo las personas que fundan Fundaciones y asocian Asociaciones y las dirigen y que son personas “de bien”, y b) Nunca recibirán en Palacio a los directos damnificados. Esto era lógico. “Podrán recibir a los de la “Asociación de Amigos de los Perritos Abandonados”, pero no van a recibir a los perros, no sé si me entendéis”, había sido el clarísimo ejemplo puesto por el monitor en el curso de formación. Y la segunda, que ellos se ocupaban de saludar especialmente a los damnificados por enfermedades naturales (dolencias de corazones, pulmones, sistema nervioso, es decir, todas aquellas que pudieran afectar los órganos nobles… ¡nada del ombligo para abajo, por Dios!) y catástrofes naturales (inundaciones, terremotos, rayos y truenos), etc. Y, lo fundamental: los damnificados por causas sociales (o sea: las víctimas de estafas de bancos, engaños de financieras, expulsados de sus trabajos, etc.) no serían recibidos ni consolados en su aflicción por sus Majestades. A esos les consuelan los de las redes sociales, y, además, ya tienen sus abogados de oficio que les defienden, y no es nada interesante conocerles…

Pero, a este Joven Funcionario en particular, se le había ocurrido que estaría bien invitar a una Delegación de los “Defensores de las Personas sin Hogar”, que era una asociación que habían creado entre varias instituciones bancarias, para recolocar directores que eran muy caros de despedir porque se habían quedado sin sucursal, y de paso podrían desgravar impuestos. Un tío suyo era asesor de la Asociación y él, él solito, había tenido la idea de invitarles, por su cuenta y riesgo, para apuntarse la victoria de aumentar la imagen de la sensibilidad social de sus Majestades. Que se viera cómo intentaban luchar sus Altezas contra las bajezas, de este mundo. Por algo eran Altezas. Pero aquellos no habían aparecido hasta el final y, estos señores, la verdad, no le daban la impresión de ser ex directores de sucursales bancarias ni señoras de accionistas bancarios. Tenían toda la pinta de ser los directos damnificados.

– Porque… vosotros sois los gestores de la Asociación, ¿verdad? Los que están invitados son los señores que llevan la Asociación… Eeee… Es decir… No la gente normal… Los beneficiarios, digamos… ¿Verdad?

“Sí, sí…No, no… Tentempié… Es claro…Por supuesto”, fueron algunas de las apresuradas explicaciones del grupo mientras se dirigía como un solo cuerpo al interior, de donde sabían que no podrían ser expulsados sin escándalo. Era curioso que, intuitivamente, todos hubieran elaborado la misma decisión: “Primero, entramos. Luego, ya veremos que hacemos o como hacen para sacarnos. Pero ya estamos dentro. Tentempié.” (Ésta última palabra estaba constantemente presente en sus cerebros mientras elaboraban los otros pensamientos. Su actividad mental se había desatado y estaba mostrando nuevas agudezas que, hasta ese momento, nadie podía haber sospechado). Siguieron adelante, perseguidos por el atribulado empleado que no encontró mejor solución que dejarles esperando en la Sala del Trono, con la promesa de después pasar a buscarles para que pudieran asistir al tentempié. Los confabulados respondieron con monosílabos y medias palabras, entre las que se podía distinguir reiteradamente el vocablo “tentempié”.

Cuando cerró la puerta, en medio de horribles sudores, se oían los aplausos que venían del salón de las Columnas.

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