8 . “El hombre que decidió volverse inteligente”-El Servicio de Seguridad de la Mezquita

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8.- El Servicio de Seguridad de la Mezquita

Finalmente, entre todos habían conseguido una camisa planchada, que era del Gordo que tenía una hermana que a veces le planchaba, y se le adjudicó a Poncio, como Pensador Principal. Era de una especie de color rosa tirando a fluorescente, pero a nadie pareció importarle. Siguiendo curiosas leyes físicas, al ser colocada la camisa sobre un cuerpo más menudo que el de su propietario, caía en pliegues tipo túnica, con lo que nadie notaba que estaba planchada. El Trave lo solucionó estirando la tela sobrante hacia la espada y metiéndola en el pantalón a presión. Poncio, incomodísimo, pensó que la Misión valía todos los sacrificios y no dijo nada. El Inspector había traído cuatro corbatas, todas ellas color verde tropical, de aquellas finitas que se usaban en los años 70. De cuero. No había alternativas, así que, con semejantes atuendos, una chaqueta medianamente limpia que había traído cada uno, los zapatos repasados con papel de periódico y un poco de saliva, dejada caer cuidadosamente sobre las manchas más importantes, no estaban del todo mal. Güilian prestó sus pantalones a Poncio, pues eran los únicos que, tras el viaje, mantenían al menos el recuerdo de una raya. El cambio se efectuó tras los árboles de la plaza contigua a la mezquita.

Fue en ese momento cuando alguien avistó unos policías que parecían dirigirse hacia el lugar. Dada la voz de alarma, todos se reunieron detrás del árbol, imaginando que así se ocultaban de alguna manera. Ejerciendo de pensador astuto, Poncio hizo notar que once personas detrás de un árbol eran aún más evidentes, así que dijo: “Vamos a dividirnos. Venid conmigo tres o cuatro. Vamos a entrar en la Mezquita, que allí no se atreverán a seguirnos. ¡Vamos!” Todos, menos Luis, el Trave y el Gordo le siguieron, apiñados y tropezándose unos con otros, mientras Poncio insistía en hacerles enérgicos gestos para que caminaran de la manera más normal posible. Cuando estaban llegando a la esquina de la verja verde, vieron que los policías iban avanzando y ya entraban en el meollo del mercadillo, y ya no vieron más porque dieron la vuelta y atropelladamente fueron acercándose a las escaleras para entrar a la Mezquita.

Una vez allí, al pie de los primeros escalones, Poncio ordenó: “Entrad vosotros, que yo me quedo a vigilar por los demás”. El caótico grupo continuó ascendiendo y traspasó la puerta, mientras Poncio, imitando la pose de alguna estatua de Mercurio, con un talón echado hacia atrás, oteaba el horizonte con plasticidad. Al cabo de un rato, viendo como un par de viandantes que había considerado que podían ser policías secretos de paisano continuaban su camino con total normalidad, Poncio decidió entrar en la mezquita para recoger a sus hombres y llevárselos nuevamente al parque.

Cuando entró, lo primero que oyó, sobre el fondo de la voz del Imán que recitaba algo en medio de un profundo silencio respetuoso, fueron unas agitadas respiraciones indicadoras de forcejeos, pero contenidas para no quebrar el clima de recogimiento. En la antesala de la gran nave, el Inspector estaba echado de espaldas en el suelo, dando enérgicas patadas tratando de evitar que el Loco y Güilian le quitaran los zapatos. Abundio, se agitaba encorvado mientras se persignaba e iba musitando “Virgen Santísima” y ¡Ay, Dios Mío!”, tratando de serenar los ánimos. Unos doscientos pares de zapatos habían volado a causa de los forcejeos, y se habían transformado en 400 zapatos sueltos, que se extendían desolados por todos los rincones del recinto, separados de sus pares naturales y generando una sensación de caos. Es que el caos es curioso. No es igual ver muchos zapatos diferentes pero agrupados por parejas y en filas, que ver aquella mezcla de zapatos derechos e izquierdos, la mitad de los cuales mostraba impúdicamente sus suelas, y todos ellos con sus punteras apuntando a todos los puntos cardinales posibles expresando, con la toda la intensidad de la que es capaz un zapato, la angustia de no saber dónde estaba su compañero. Cuatrocientos gritos mudos de soledad.

Afortunadamente, en ese momento no había nadie más en la sala, que daba entrada al hermoso templo con sus alfombras y columnas llenas de hileras de personas arrodilladas y de espaldas, así que Poncio tuvo la posibilidad de llevarse de allí a los tres luchadores sin que hubiera ningún nuevo sobresalto. Bueno… Hasta que los puso en las escalinatas de entrada y volvió para buscar a los demás, justo en el instante en que acababan de salir del recinto sagrado dos encargados de vigilancia que, viendo el desaguisado, optaron por colocarse ante la puerta por la que Poncio acababa de reaparecer, dejando bien claro con su silencioso lenguaje corporal que, hasta nuevo aviso, nadie podría salir. Quedaron dentro Poncio, el Loco, Federico y el Andalú, intentando explicar quiénes eran, qué hacían allí, por qué querían entrar si eran infieles y por qué les molestaba que cada zapato estuviera junto con su pareja. Los dos señores de vigilancia muy serios ni les respondían y tan solo se dignaban a intercambiar frases cortas y precisas con las solapas de sus chaquetas, lo cual no auguraba nada bueno.

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Una vez afuera, el Loco, el Inspector y Güilian, corrieron hacia el parque, donde encontraron a los restantes plácidamente sentados en el césped. Allí explicaron las malas nuevas y entre todos decidieron, con gran presencia de ánimo, seguir sentados, no hacer nada y esperar a ver qué pasaba. Luis, el previsor de Luis, estaba ya escribiendo el papelito que luego, convenientemente doblado, había de pasar a la mano de la Reina en el importantísimo momento del breve apretón de manos.

Sobre esto hubo discusión.

El Ruso opinaba que, dado que los reyes dan la mano a tantos centenares de personas durante el día, todos los días, y recordando que una vez había visto en la tele a los Reyes dar la mano a setecientas cincuenta personas, tenía la impresión, casi diría la certeza de que ella… no apretaba. Simplemente su mano se ponía al alcance del interesado, colgando lánguida y agotada, fría y desencantada como correspondía a una Reina y se dejaba apretar, como correspondía a una dama. Y que, en el momento de dejarle la nota, simplemente la dejaría caer, porque ni la sentiría.

Güilian pidió que le dejaran a él, porque ya verías si no la iba a coger… Él tomaría su mano con firmeza, con las dos manos, como saludaban los deportistas, y mientras con una pequeña presión le obligaría a abrir los dedos, con la otra mano le colocaría el papel, y con ambas, apretando firmemente, le obligaría a cerrar los dedos y se aseguraría de que iba a notar que le había dejado un mensaje allí. Se despediría con una suave presión en su mano cerrada y luego, amigablemente, le daría un golpecito para despedirse. En la mano, por supuesto, por quién lo tomaban…

– Claro, dijo Luis, y mientras tanto le dirías, mirándole a los ojos, “…nos invaden el cerebro para destruirnos”.

– Es complicado. Tenemos que practicarlo, dijo el Trave. Vamos a ensayar.

Un corro de curiosos se formó alrededor de los pintorescos señores que se iban dando la mano unos a otros mientras intentaban dejarse sendas ramitas, hojitas, piedritas, envoltorios de caramelos u otros trocitos de papel que recogían del suelo y discutían acaloradamente si habían apretado mucho, poco, si no era normal darse la mano apretando el apretón con la otra mano… Y mientras todos se explicaban que tenían que dar la mano como una reina, que una mujer no apretaba así, etc.… El Trave daba clases de “dar la mano como señoritas” y finalmente hicieron pasar a gente del público y eligieron quien daba mejor la mano como una reina, elección que recayó en un fornido turco con bigote de jenízaro que, cuando entendió lo que querían decir, se retiró ofendido, pero, por suerte, sin más consecuencias.

A todo esto, notaron que faltaban solo cuatro horas para el momento en que deberían presentarse en la explanada de entrada al Palacio Real. El Trave, previo pedido de otros dos euros, que finalmente se quedaron en setenta céntimos, había transmitido a su amigo el título del tipo de asociación que representaban, que finalmente fue “Víctimas Asociadas del Síndrome de Olvido Escolar Causado En Salud”

El Loco asesoró que, para ir al Palacio Real, había que tomar el metro y bajar en Ópera, cosa que anotaron todos mentalmente y Luis en su libretita, mientras continuaban esperando noticias de los compañeros secuestrados por los vigilantes de zapatos de la Mezquita.

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En esos momentos, ya eran doce o quince los vigilantes que vigilaban a los cuatro mantihuegos que se iban moviendo en silencio por toda la sala, esforzándose aplicadamente en hacer cuatro grandes pilas de zapatos, que  iban separando “sin tirarlos y colocándolos con cuidado”, tal como les había aleccionado uno de los guardias. Había cuatro grandes grupos: “Color negro”, “Color marrón”, “Otros colores varios” y “Babuchas, sandalias y zapatillas”. Una vez cumplida esta primera etapa, les tocaría ir emparejando unos con otros, y mejor era que lo hicieran antes de que volvieran las doscientas personas que saludaban en dirección a la Meca y que pretenderían salir y encontrar sus cuatrocientos zapatos convenientemente ordenados y fielmente hermanados los izquierdos con los derechos.

Y después, les someterían a un interrogatorio que iba a ser muy interesante, según aseguraban los futuros interrogadores.

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