Capítulos “El hombre que decidió volverse inteligente” -3- Las enfermeras

3.- Las enfermeras

– ¿Crees que deberíamos ir a la Policía?”– dijo Luis intentando apaciguarlo. Poncio lo miró con conmiseración.

– ¿No ves que ellos pueden estar también contaminados… ocupados… invadidos? ¿Que sus superiores, los que de verdad les mandan, son los huevos?

Poncio continuaba su vertiginosa marcha, arrastrando tras de sí ya a todos los parroquianos del bar, incluido Luis. Un grupo de personas que a cada razonamiento, comenzaban a asentir con ruidos y grititos, apoyando como en el Parlamento Inglés, pero en castellano. Luis, le escuchaba cada vez menos incrédulo y más convencido de que había que hacer algo, efectivamente. Salvar al mundo o algo así. Y todos los del bar, clientes habituales de las tardes de carajillo y televisión sin sonido, comenzaron a pensar que estaba pasando algo realmente importante, algo que podría salpicar sus tristes vidas con algunas gotas de sentido.

– ¡Luis! ¡Cómo se te ocurre ir a la Policía? ¿No sabes lo que dice la gente? ¡Para ser policía tienes que tener huevos! Y de los hombres más imbéciles, los más brutos, los que hacen cosas que a nadie se le ocurrirían, ¿¿Qué decimos de esos?? ¡Que piensan con los huevos! ¡Está clarísimo! ¡Es la sabiduría popular y entonces es verdad! ¡Es que son los huevos los que piensan por ellos! Lo que la sabiduría popular del Hombrens Sabiens quiere decir no es que sean los testículos los que piensan. ¡No! ¡Cómo van a pensar los testículos, Luis, por favor! ¡No piensan ni las uñas, ni los ojos, ni el culo! Piensa el cerebro, pero si está ocupado por los microbios de los huevos… en realidad, los que piensan son, efectivamente ¡¡los huevos!! …

Con la mirada perdida en el vacío, Poncio se paraliza un instante como buscando una inspiración. Y parece haberla encontrado cuando súbitamente grita exultante:

– ¡¡Una mujer!! Hay que encontrar una mujer, que nos salve. ¡Ellas no tienen huevos! ¡Una mujer, Luis, señores, personas, gente que me seguís!

Aquí se produjo una cierta confusión, con todos hablando a la vez. Hacía años que ninguna mujer ponía sus pies en el bar de Luis. ¡Eran tan maniáticas con la limpieza…!

– Puede ser Laura, la cocinera del bar de Pepe, que tiene…

– ¡No, Luis! ¡Una mujer con poder!! Una Presidenta, algo así…

– No tenemos, Poncio, no sé…

Poncio se dejó caer en una silla, mientras repetía– Mujer, sin huevos, mujer, mujer…

La gente a su alrededor comenzaba a alarmarse y a aportar alguna idea…

– Conozco una maestra – dijo un abuelo de alumno…

– ¡No! – intervino Luis – ¡Algo más importante!.. ¿Dónde hay mujeres que manejen las cosas?

– ¡En las tiendas! – opinó otro…

– ¡No, no! ¡En las tiendas no! ¡No tenéis ni idea de cómo está estructurado el Poder!… – se desespera Poncio.

– ¿Y Ángela Merkel? – dijo uno.

Se produjo un silencio denso.

– ¿La conoces? – inquirió Luis, extrañado.

– No, pero sé dónde vive – Todos le miraron fijamente– . En Berlín…

Poncio no respondió y se quedó mirando los palillos usados esparcidos por el suelo, con aire de angustia. Hasta que alguien dijo…

– ¡Las enfermeras!

Se produjo un brevísimo silencio. Poncio alzó los brazos con los ojos muy abiertos y gritó…

– ¡Sí! ¡Sí! ¡¡En los Hospitales hay enfermeras y si ellas se dan cuenta de esto, podrán buscar el modo de prevenir el ataque final!! ¡¡Al Hospital! ¡¡Vamos al Hospital!!”

:::::::::::::::::

Un pequeño grupo de unas once personas salió del bar, siguiendo a Poncio, que iba en cabeza y a Luis que iba detrás, como su lugarteniente, con luz en los ojos y determinación en las mandíbulas, apretadas con férrea seriedad. No era momento para bromas. Y, además, la cabeza de Poncio, no cesaba de seguir pensando y pensando y pensando.

Pasaron por una casa de Pollos a la Brasa y gritaron cosas inexplicables al propietario, que les miró desde la puerta sin comprender mucho quienes eran esos extraños seres, típico público de bar de suburbio, que le dirigían alaridos ininteligibles mientras le amenazaban con el puño y hacían gestos de arrancarse los testículos. Poncio y Luis sentían una especia de alegría vengativa y de terror supersticioso al ver siete pollos escuálidos dando vueltas contra las estufas de butano. Era el Infierno. Era el triunfo de la Muerte sobre la Vida. Era el símbolo de nuestra debilidad y de la fortaleza de los malditos huevos. Ya estaban llegando al Hospital.

Entraron en tromba en la sala de enfermería, expulsaron a un enfermero jovencito que estaba haciendo prácticas y colocaron a las seis enfermeras de ese turno apabulladas y amontonadas en un rincón de la sala y comenzaron a explicarse, todos a la vez: “Poncio dice que hay que tener cuidado con los huevos” “¡El de la pollería nos vio pasar ya quería cerrar!” “¡Tenéis que salvar al Mundo!” “¡Las enfermeras no tienen huevos!” “¿Nos tendremos que castrar?” “Los gusanos nos comen el cerebro!…¡Pero es un plan mundial!”.

Las pobres enfermeras, pasado el primer susto y habiendo comprobado que no eran los familiares y amigos de ningún enfermo que venían a pedir explicaciones porque éste no se hubiera curado a su gusto, se serenaron, y al comprobar el inmenso entusiasmo que desplegaban todos los recién llegados, se limitaron a no decir nada y esperar acontecimientos. Se apretujaron unas contra otras, dejando a la Jefa de Enfermeras como mascarón de proa e intentaron resistir la tormenta con encomiable profesionalidad.

Imposible.

Cada uno había elegido una enfermera como su presa y le hablaba clavando sus ojos desorbitados en los aterrorizados de ella, intentando resumirle lo que había entendido de la erupción   de ideas de Poncio en el bar. La sumatoria de vehemencias resonando en la sala, creaba un sonido sobrecogedor que acobardaría a muchos de ustedes: un estruendo como de avalancha de nieve o tsunami gigantesco o de niños saliendo del colegio. En un momento, la Jefa de enfermeras, cortó el caos con voz autoritaria y potente.

– ¡Que hable uno! ¡Uno solo!

Todos aullaron al unísono: “¡Que hable Poncio!… ¡Es el único que se lo sabe! ¡Él entiende! ¡Y las enfermeras, que escuchen: ¡Solo en ellas está la salvación!”

Poncio, que se había quedado cerca de la puerta, se fue acercando al grupo en una larga pausa dramática, mientras las mujeres que le miraban con prevención y curiosidad. La tensión podía mascarse en el ambiente. Los recién llegados estaban al límite de su capacidad emocional y no soportaban el temblor del silencio…

– ¡Pregúntales lo del huevo o la gallina! – gritó entusiasmado uno de sus seguidores que era gordo.

– ¡Y dileh lo del serebro! ¡Eso de que noj lo etttán comiendo! – explicitó uno que, huelga decirlo, era andaluz.

– ¡Abajo los pollos al Ast! – terció otro

– ¡Y basta de tortilla española! – dijo uno con acento y pelo y ojos de ruso

– Callad y dejadle hablar – aquietó Luis. Y, recalcando bien cada palabra, insistió: – Él, Poncio, tiene sus tiempos.

Esa frase dejó a todos pensando y permitió a Poncio retomar el control de la situación. Miró a todas las enfermeras, agazapadas en posición de defensa y les espetó con expresión grave:

– ¡Mujeres! En vosotras está la salvación del Mundo ante el ataque más feroz y misterioso que se haya podido vivir nunca. Primero responded a esto: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? Ésta es la pregunta fundamental de nuestra vida. No – concedió con gesto displicente. – No hace falta que lo penséis, porque Yo ya lo he Pensado por Todos. ¡Es el huevo! Los huevos, señoras, y esto es muy importantísimo y fundamental para todos nosotros, y especialmente para las mujeres, víctimas de esta sociedad patriarcal que os tiene humilladas y explotadas y en este estado lamentable. – y con gesto dramático las señaló con el brazo. – ¡Mirad como estáis, hechas unas enfermeras… en lugar de ser… Presidentas o algo así! Señoras: ustedes no saben lo importante que es pensar, pero pensar con nuestro verdadero cerebro, que no haya sido ocupado por los huevos que tienen como unos microbios, o gusanitos, que se desplazan hasta allí y los infectan. Son como unos espaguetis, como los vermicellis… – y aquí Poncio comenzó a ebullir nuevamente– Los vermicellis… ¡Son vermes pequeñitos! ¡Quiere decir gusanitos en italiano! ¡Los Gusanos! Enfermeras: los vermes… ¡Mirad lo que acabo de descubrir! ¡Los espaguetis italianos, los vermicellis… son gusanitos!! ¡Un verme– un gusano! ¡Vermicelli muchos gusanitos! ¡Y en italiano! Esto debe ser algo muy importante… – dijo recobrando poco a poco la calma– , pero aún no lo he pensado.

Los ojos del personal hospitalario estaban casi tan abiertos como sus orejas, pendientes del encontrar algún punto lógico en la vehemente meditación en voz quizás demasiado alta y aguda de Poncio.

– Los hombres pensamos lo que nos ordenan los huevos, pero yo no, porque soy un Pensador y me he trasladado el pensamiento a la cabeza, y la gente que me sigue está comenzando a darse cuenta de cosas que pueden cambiar el destino de la Humanidad. Vosotras, mujeres hembras, que sois las más maltratadas del género humano después de los niños, lo debéis saber. Los hombres, en el fondo, son buenos. No hay pecado original. La mala, era la serpiente… ¡¡Que pone huevos!! ¿Os dais cuenta? ¿Lo vais viendo? ¡Todo coincide! ¡Los hombres son buenos! ¡Son los huevos que les hacen hacer cosas malas! Os dejan embarazadas porque les sale de los huevos… ¡y con lo que les sale de los huevos!… ¿Os dais cuenta? ¿Veis la relación? Y por culpa de las gallinas que son alimenticias, los huevos se han ido esparciendo por el mundo, millones de millones de trillones. Cada granja avícola es un foco de expansión de nuestra perdición eterna.

Pese a que sus seguidores iban asintiendo, y jaleaban con algún gritito breve (tipo “¡Eso!” “¡Así se habla!” “¡Abajo los huevos!”) dado que ya conocían algunos rudimentos de la teoría, algunas enfermeras comenzaban a estar espantadísimas. La mezcla de huevos de aves con los de los humanos masculinos comenzaba a no hacerles ninguna gracia. Comprendían que era un caso de locura colectiva, que quizás no les querían hacer daño, pero no entendían qué se esperaba de ellas, y si tenían que salvar a la Humanidad o no. Lentamente habían ido ingresando a la sala otras personas, atraídas por el tumulto. Poncio seguía apasionadamente hablando y mirando fijamente a una enfermera jovencita que no podía despegar de él sus grandes ojos verdes muy abiertos. Por un instante, a Poncio le pareció que comenzaba a hacerse realidad su sueño, que su nueva personalidad de Pensador le comenzaba a dar resultados. Se apasionó aún más.

Quien estuviera más en contacto con la realidad exterior, habría comenzado a notar que las enfermeras intercambiaban señales con algunos enfermeros y camilleros fornidos que habían ido entrando, junto con dos o tres guardias urbanos que les había tocado el servicio en esa tarde y que no entendían mucho lo que pasaba, pero comenzaban un diálogo gestual especialmente con la Jefa de Enfermeras que era, por si no lo hemos dicho antes, una dama que más la imaginabas como levantadora de pesas que como tierna dispensadora de cuidados. Con movimientos de cabeza, iba ordenando a sus huestes: unos a la derecha, otros a la izquierda. Al cabo de algunos minutos, se comenzó a hacer evidente que el público del hospital noiba a permanecer pasivo… Fue cuando Poncio estaba ya en los finales de la explicación y tenía tan aterrorizados como apasionados a los parroquianos que le habían seguido hasta allí, que ya se sentían luchadores contra una conspiración interplanetaria, protagonistas de una película de la que casi ya les parecía escuchar la música de fondo subrrayando cada sentimiento que despertaban las palabras iluminadas de Poncio.

Se comenzaba a percibir que se avecinaba una ruptura de clima. La iniciativa comenzó a cambiar de bando, suavemente. Los guardias urbanos y los enfermeros, con expresión de mucho amor y muchísima firmeza iban poniendo alguna mano en el hombro de los revolucionados, les acariciaban los brazos y comenzaban a tratar de llevárselos de la habitación, con frases tipo: “Bueno… Hay que seguir atendiendo a los enfermos,… Perdonen pero tendrán que irse… Ya informaremos de lo de los huevos”… Todo transcurría con cierta calma cuando súbitamente, la enfermera jefe tomó el mando, encaró a Poncio y le dijo un poco enfadada:

– ¡Cállese ya, imbécil! ¿O quiere que le extirpe los huevos?

Semejante trastrocamiento del eje del poder hasta ese momento aceptado los consternó, llenó a todos de vacío. Cayó una tonelada de nieve. Se congeló el aire. Durante un par de segundos, nadie hizo nada, a excepción de las enfermeras que comenzaron a envalentonarse cada vez más. Poco a poco, protegidas por la enfermera Jefe, todas comenzaron a dejar ir frases cortas tales como: “¡Este hombre está mal!”, “¡Qué les pasa con los huevos!”, “¡Qué maleducados!”, “¡A quién se le ocurre!”, “¡Déjennos trabajar!”, “¡Métase sus huevos donde le quepan!” y cosas así.

Poncio, miró a su alrededor. Sus seguidores tenían sus ojos clavados en él con ansias de escuchar alguna palabra que les diera nuevas fuerzas, que les permitiera no perder, así, tan de repente, aquella razón de vivir que parecía haberse instalado en sus almas y que les daba ansias de hacer, luchar, pelear, esforzarse, y salvar de una vez por todas este mundo que tan mal les había tratado hasta ahora, y al cual ellos demostrarían que merecían salir de su injusto anonimato, porque ahora habían encontrado a alguien que pensaba por ellos y que, seguramente, les ayudaría a que ellos también pudiera llegar a ser inteligentes.

Pero Poncio, no dijo nada. Se quedó muy serio y, con una emanante autoridad que nunca jamás había tenido, pero que ahora se esparcía cual si fueran gotas de detergente en una paella grasienta, llenando de tornasoles el marrón tristísimo de las frituras, extendió los brazos e hizo callar a todos.

Y Poncio habló. Y dijo:

– Hermanos: ¿Sabéis que se dice de una mujer muy valiente? ¡Que tiene ovarios! ¿Sí o no?

– ¡Sí, Poncio!– respondieron todos, orgánicamente.

– Las mujeres, no tienen huevos. Tienen ovarios… No le echan huevos a las cosas… ¡Les ponen ovarios! Lo dice la Sabiduría Popular.

Hasta las enfermeras le oían en silencio, tomando conciencia de esa característica, como si jamás hubieran pensado en ella.

– Y ahora yo os pregunto: ¿Cómo se llama el lugar donde se ponen los vestidos? – prosiguió Poncio…

– ¡Armario! dijo uno…

– ¡Maleta! dijo el otro.

Ante la mirada intimidante de Poncio, todos callaron. Sabían que él tenía la solución:

– ¡El Vestuario! – dijo muy serio– ¡Vestido – vestuario!

Todos, incluidas enfermeras, guardias y enfermos, asintieron con interés…. Y Poncio insistió en su interrogatorio:

– ¿Y cómo se llama el lugar donde se encierra a los leprosos?”

– ¡Leprosario! – respondió la enfermera de ojos negros, dado que el tema era de su incumbencia.

El parroquiano andaluz, conocido por lo simpático, interrumpió:

– ¿Y cómo se llama el lugá donde ze ponen loh calvoh zin pelo? – dijo mientras se iba dando cuenta de que la gracia no funcionaría. Casi en un murmullo, terminó – El Calvario, ¿no?

Nadie rió y se produjo un breve silencio embarazoso. Poncio, sin siquiera dirigirle una mirada, pudo proseguir con seriedad:

– Por consiguiente: ¿Quiénes habitan, quienes se guardan, se protegen, se esconden, se guarecen en los ovarios?

Hubo un momento de tensión en el que todos pensaban hasta que una idea comenzó a crecer en sus cerebros y emergió en forma de grito desgarrador:

– ¡Los huevos! – gritaron aterrorizados todos los seguidores de Poncio, mientras corrían nerviosas carrerillas en su sitio y se llevaban las uñas a los dientes – ¡¡Los huevos, los huevos!! ¡¡Las mujeres también están infectadas, están poseídas por los huevos!!

La enfermera jefe comenzaba ya un avance decidido hacia Poncio, cuando éste la frenó con un firme gesto de sus brazos y dijo a su pequeño grupo:

– ¡Salgamos en orden! No tenemos nada que hacer aquí… Están todos infectados y ellas también… ¡¡Salgamos!!

Nadie hizo nada para impedir que salieran y desde la sala, cuerpo médico y personal sanitario y de seguridad pudieron contemplar con creciente tranquilidad como se alejaban los Salvadores del Mundo…

 

:::::::::::::::::

 

– ¡Poncio… qué vamos a hacer? – susurró Luis a su lado…

– No sé. Hemos de pensar un poco más… Volvamos al bar.

Hacia allí enfilaron sus pasos. Cuando pasaron frente a los Pollos a la Brasa, notaron que ya faltaba un pollo. Y todos sabían ya lo que eso significaba: ¡Otra víctima! Nadie tuvo fuerzas para decir nada, pese a que el propietario estaba delante de la tienda, mirándoles con extrañeza pero sin miedo. Sintieron un abatimiento mortal dentro de sí.

Una vez instalados en el bar, se sentaron como una célula secreta alrededor de una mesa y Poncio decidió que su vida de pensador estaba resultando mucho más apetecible que la anterior, y comenzó a pensar en sus seguidores como si ya fueran su familia. Tomó la palabra.

– Amigos… Queridos hermanos míos: Nosotros somos los únicos que sabemos que estamos invadidos por los huevos. Que los hombres tienen el pensamiento dominado por los huevos. Y ahora, que las mujeres también piensan con los huevos, desde los ovarios, que son como los huevos en femenino pero es lo mismo, como las gallinas que no tienen huevos pero los ponen. Los huevos piensan en lugar de los cerebros. Los huevos sienten en lugar de los corazones… Estamos perdiendo el cerebro y el corazón, robado por los mini gusanitos de los huevos. ¡Hay hombres que matan a sus mujeres porque dicen que las quieren mucho! Esos, no tienen ni corazón ni cerebro. ¡Esos piensan con los huevos! ¡Y todo todo todo lo que hacen los hombres, y que está contra la sensibilidad, el amor y la solidaridad entre humanos, no lo piensan ellos! ¡Son los huevos, que nos llevan al desastre!

Hizo una pausa, que se llenó de silencio angustiado. Todos se daban cuenta de que algo estaba cambiando…

– Creí que las mujeres se salvarían, y hasta llegué a imaginar que estarían felices de descubrir que en un mundo de hombres que piensan con los huevos y sienten y deciden por los huevos, ellas eran las únicas que mantenían el pensamiento en el cerebro y el sentimiento en el corazón, y habrían tenido una buena oportunidad de hacer evolucionar el feminismo. Pero ellas tampoco…

Todos asintieron. Ni ellas estaban a salvo. Eran ya parte carnal del ejército de cuerpos zombis invadidos por los huevos, que iban trabajar como autómatas para que “ellos” se salieran con la suya.

– Las guerras acabarán con el mundo. Ya podemos exterminarnos todos a todos y destruir el Mundo cada vez más veces. Tres, cuatro… ¿Son los poderes económicos los que producen las guerras? Si, y no… ¡Son los huevos, dentro del cuerpo de los que mandan, de los que tienen poder, de los que han demostrado la suficiente maldad y perfidia como para tener el poder y engañar a los demás y hacer que hagan lo que a ellos les mandan sus huevos…! Y los hombres crean tanto dolor y horror tan solo porque están cumpliendo el siniestro plan de los huevos. Porque el mundo ya está dominado por ellos. Las guerras las mandan los huevos, que han ocupado el cerebro de los líderes mundiales. ¡Recordad al Presidente de los Estados Unidos cuando invadió Irak, diciendo que a partir de entonces, el mundo iba a ser un lugar más seguro! ¡Y mirad cómo estamos ahora! ¡Ese tenía el cerebro lleno de gusanos! Porque las maldades que no parecen humanas, las provocan los huevos… ¡La guerra de la economía, también! ¡Como puede ser que un hombre con cerebro y corazón eche a otro de su casa y obligue a miles de familias a dormir en la calle y, si tienen suerte, en los cajeros automáticos!.. ¡Esos no tienen corazón ni cerebro! ¡Son de los que piensan con los huevos!..

Aquí los ojos se abrieron aún más: muchos de ellos habían vivido situaciones que comenzaban ahora a comprender como algo global, algo que parecía más parte de un movimiento general que la consecuencia de sus propias malas suertes o incapacidades personales, como se habían imaginado hasta ahora.

– O… ¿Cómo es posible que haya seres humanos que condenen a otros a suicidarse por no tener dinero, o a humillarse ante su familia para reconocer que han perdido en esta guerra, porque hubo otros que tuvieron más huevos que ellos?… ¡¡Y al final, todos acaban pensando que lo mejor es tener más huevos!! ¡Que es mejor persona quien tiene más huevos! ¡¡Ahí está la trampa, amigos, amados míos!! ¡Aquí está la trampa de los huevos, de los malditos huevos, que han declarado la guerra al cerebro y al corazón!… ¿Veis como hay que pensar? ¡¡Yo me sentía un inútil, y traté de pensar!! Y pensé que pensaría una tontería. Y he acabado descubriendo un complot que puede acabar con la Humanidad. Que quiere acabar con la Humanidad.

Y concluyó…

– Estamos en guerra, amados, amigos, hermanos. Hemos comenzado una guerra y estamos solos. Y en esta guerra del cerebro y el corazón contra los huevos… ¡ya sabemos de qué lado estamos! ¡Los pensadores somos cada vez más importantes y tenemos mucho que decir en esto! ¡Abajo los huevos! ¡Arriba el cerebro! ¡Arriba los corazones!

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Cuando cada uno de los once protagonistas (con excepción de Poncio, que vivía solo) llegó a su casa e intentó explicar la teoría a su familia, todos, sin excepción, se sintieron estúpidos y acabaron callándose, o haciendo ver que era una broma.

Pero por la noche, en el momento de cerrar los ojos, y por la mañana, en ese estado de semiinconsciencia que, tu lo sabrás, precede al despertarse completamente (o, al menos, todo lo que uno pueda, según sea el valor que haya conseguido reunir a lo largo de su vida para enfrentar el presente), decidieron que algo había cambiado en sus vidas, y que de ahora en adelante, se dedicarían a pensar para llevar ideas nuevas al bar de Luis.

La vida les comenzaba a parecer diferente…

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CONTINUARÁ MAÑANA

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