Capítulos “El hombre que decidió volverse inteligente” -4- ¡MANTIHUEGA!

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¡MANTIHUEGA!

A partir de las seis de la tarde, cuando comenzaba a llegar la parroquia habitual (los que trabajaban, porque trabajaban; los que no, porque dormían), el salón se fue poblando de conversaciones que, para un buen observador, denotaban un cierto nivel de entusiasmo (dado que se remontaban varios decibelios por encima de los gruñidos sordos que habitualmente poblaban el espeso aire del bar del bueno de Luis), e iban pergeñando el inicio de la típica algazara que precede a la algarada (ver diccionario de la RAE).

Se hizo un sonoro silencio cuando apareció Poncio. Entró muy serio y, con voz de hombre sereno, pidió: “¡Lo de siempre!”.
Nadie parecía hacerle mucho caso, pero todos estaban pendientes de él. Algunos brazos se movieron levemente imitando en versión reducidísima el gesto del brazo de Luis, que le servía un coñac un poquito mejor que el habitual.
Luis lo miró interrogativamente y, para abrir las puertas del mundo sonoro, le saludó:
– ¿Qué tal?
Poncio, con expresión grave, respondió:
– Luis… Hay que hacer algo.
Todos se giraron hacia él aunque hacían como que no escuchaban el susurro de su voz.
– Sí – respondió Poncio. – Hay que hacer algo. Hemos de llegar hasta una mujer que no esté contaminada por los Invasores, y esta noche, he decidido que ya sé a quién hemos de ver…
………….. …… ……… …… ……….. …………   (sólo se oía el vuelos de las moscas habituales que, indiferentes o quizás por no comprender el castellano, continuaban su rutina. O quizás, eran parte de la conspiración. O no les importaba)

– ¿Quién…?

– ¡La Reina Letizia!

Otro silencio cargado de tensión siguió a la frase… Todos se miraban unos a otros, esperando que alguien mostrara una primera reacción: rechazar la idea como ilógica, reírse como si fuera un chiste, enfadarse y decir “¡anda ya!”… o la tomaría en serio. Eran nuevos en esto de decirse cosas y no sabían muy bien qué pensar. Estaban dispuestos a seguir la expresión que surgiera…

– ¿Quequién? – preguntó el Inspector, cauto e incrédulo.

– ¡La Reina Letizia! – afirmó Poncio con total seguridad. Nadie se rió.
– ¿Tú crees que tiene poder como para ayudarnos? – preguntó Luis.
– Tenerlo, lo tiene. Hay que ver si es capaz de utilizarlo en nuestro favor. O en su favor. El de la Humanidad entera.
– ¿Y cómo sabes que no está contaminada…?
– ¿No ves lo flaca que está? ¿No te das cuenta de que es para no comer huevos? Hemos de confirmarlo, pero estoy seguro de que esta es la causa. Cuando el príncipe había elegido a la chica aquella, la modelo sueca o algo así, los huevos ya se habían encargado de contaminarla, se la veía saludable, y rubicunda. Y ya se veía que llegaría a los cuarenta con forma de huevo… Pero en el caso de Letizia, se nota perfectamente que no ha cedido al chantaje. Pasó mucho tiempo con un aspecto casi cadavérico pero al final ha triunfado y estoy seguro de que no come ni huevos ni gallinas… Y ha hecho este sacrificio de su figura para que los demás nos demos cuenta, es un mensaje secreto para los iniciados, como nosotros. Somos los únicos que podemos comprenderlo. Ella no es prisionera de los huevos.
– Pero, en los menús del Palacio, deben tener platos con eso…
– Luis, me extraña de ti. Tú, que tienes un centro de elevado nivel de gastronomía. En una cena de palacio: ¿Pondrías una pechuga en salsa de tomate? ¿Un huevo frito de primer plato? ¿Una tortilla de cebollas? A lo sumo, una Reina, comerá algún huevo de codorniz, que no están en el complot. ¡Eso! Las codornices no están en el complot. Estoy seguro. Son otra especie diferente y no han podido desbancar a los huevos de gallina, jamás. Y la gente no hace cosas porque “le salen de los huevitos de codorniz”. Los peligrosos son los de las gallinas.

Poco a poco se habían ido acercando algunos de los fieles. Güilian lo miraba con admiración y ya se imaginaba sometiendo a Letizia a un duro pero amable interrogatorio, aunque trató de desechar esos malos pensamientos. Eran los huevos, los reconocía. Estaba completamente infectado. Buscó en su corazón un buen sentimiento para aplicar a la situación y salir de esas ideas y, al no conseguirlo, decidió vivir el presente y volver a la realidad. Ya pensaría mas tarde.

Luis ya iba pensando en fórmulas de cortesía para dirigirse a ella, ya que estaba decidido a ser el escriba del grupo. Siempre le habían dicho que escribía bien. Su Alteza Real la Reina de España… Estimada Alteza… No… Apreciada Alteza Real… Lo de Alteza no le cuadraba mucho, dado que la reina no era demasiado alta. Y alteza debía tener que ver con altura. Era como una alta distinción o un alto cargo. Todo lo alto era importante. Él era un poco alto, por consiguiente, él era importante y tenía que ser el portavoz del Movimiento. Se dio cuenta de que su cerebro no paraba de pensar y se alegró de ello, pese a que aún no lo manejaba demasiado bien.

Poncio, por su parte, se sentía atónito pero seguro. Se daba cuenta de que estaban gestando un movimiento importantísimo, y estaba decidido a triunfar a cualquier precio. Les iba la vida en ello. Decidió organizar sus huestes. A Luis le dijo: “Encarga a tu mujer que averigüe qué come la reina. Bueno, especialmente, que se asegure de que no come huevos”. Miró a su alrededor con expresión cejijunta pero se le descejijuntaron las cejas ante el panorama: ¿cómo organizar a éstos? Solo barbas hirsutas se le enfrentaban: la de Güilian, siempre con una semana de retraso en el corte, la pésimamente distribuida del Loco, que nadie sabía cómo se llamaba pero todos coincidían en que su apelativo era enormemente justo, aunque sin poder explicar por qué. La del Gordo, cuarenta y cuatro pelos peleados entre sí en una inmensa superficie de cara, quizás hinchada a fuerza de cervezas, pero expresiva en general (Quizás se habían ido alejando unos de otros al engordársele la cara, pensaba Poncio). Federico era un ser un poco más normal. Pero era la imagen de la depresión, desde sus cejas hasta, justamente, su barba, compuesta de pelos escasos y largos, retorcidos como mala idea y que parecían lágrimas que hubieran decidido ser pelos, hartas de fluir por sus ojos, llorosos desde el primer día que había pisado el bar. Su voz en sí ya era depresiva, pero sus frases, la musicalidad de sus frases era aún peor: todas caían hacia el final, como sin fuerzas para terminar, y las últimas sílabas desaparecían en medio de un silencio musitado sin fuerzas.
Más allá el Travesti, el Inspector, Abundio, el Andalú y el Ruso completaban el cuadro. “¡Vaya huestes más migajosas!” pensó para sí Luis, aunque no lo dijo porque sabía que era inútil. Poncio decidió hablarles, con conciencia del momento histórico.

– Amigos, – dijo Poncio, de pie sobre una silla. – Estamos a punto de comenzar un movimiento que nos llevará muy lejos, porque está basado en el pensamiento puro que no me ha sido revelado por ningún fantasma ni ninguna virgen (nadie hizo caso del “Ya te habría gustado”, que comentó por lo bajo Güilian), sino que lo he pensado yo por mi voluntad de volverme inteligente. Y necesitamos hacer un juramento: No comeremos más huevos ni pollos ni gallinas. Ni nada que tenga huevo.
– Ni tortillas tampoco – espetó el Ruso, que desde que había llegado (nadie sabía bien de cuál de los países de la ex URSS), le tenían la cabeza frita con las tortillas de patatas, que no le parecían para nada una delicia gastronómica con la que mantener a todo un país orgulloso de su cocina.

– Ni tortillas, concedió Poncio. – El enemigo es temible. Hemos de reconocerlo en cada mirada, cada gesto de nuestros conciudadanos, para poder defendernos de él, y de ellos. Es en nuestra debilidad que está su fortaleza”.
– ¿Tienen una fortaleza en dónde? – preguntó tímidamente el Travesti, que había quedado un poco sordo desde una paliza que, por los años 80 le habían dado un grupo de muchachotes que le explicaron que estaba ofendiendo a Dios con sus tacones altos. Los demás le hicieron gestos de que se callara, cosa que hizo, con ademán ofendido. Intervino Luis, en su nuevo rol de intelectual y educador del grupo, y le explicó:
– Quiere decir que la fuerza de ellos es que conocen nuestras debilidades. Eso …
– ¡Ah! – explicitó el Travesti mientras le señalaba a los demás con la palma abierta como para ofrecer que le cortaran las venas, en un gesto que quería significar: “¡Esto es un compañero!”
Poncio continuó.
– Cada uno de nosotros ha de averiguar cómo podemos llegar a la Reina Letizia, pero sin despertar sospechas.
El Inspector, del que se rumoreaba que había estado en la policía hasta que los jefes se habían dado cuenta… (Dado cuenta de algo que nadie sabía muy bien qué era, de manera que cada uno lo podía imaginar a su aire) dijo con cierta duda:
– Creo que está por venir a Barcelona uno de estos días. Vienen para un acto de la fundación Princesa de Girona. Y van a pasar la noche aquí, porque tienen un acuerdo con una cadena hotelera para que sea más barato.
Un viento electrizante atravesó el ambiente del bar…
– ¿Y cuándo va a ser eso?
– Dentro de seis meses…

La idea fue declarada inútil, por ser demasiado el tiempo de espera. Decidieron entre todos, que el riesgo era demasiado si dejaban que todo esto pasara, Además, ignorando la esencia del enemigo, la pobre Reina podía ser tentada por un simple huevo frito, o un anónimo huevo duro, para que su cerebro comenzara nuevamente a ser invadido por los gusanitos gallinísticos.
Abundio, que no quería dejar de compartir su experiencia, comentó…
– ¡Yo también he estado pensando en esta noche…! Pensaba en si los gusanitos estos de los huevos… deberían tener plumas. Pero tendrían que ser plumas muy pequeñitas, para que no molestaran en el cerebro, pero a lo mejor que sí, aunque muuuy pequeñitas… O, si no, un gusanito con cáscara dura, como las cucarachas, pero una cáscara muy muy pequeña, para que pueda pasar por las venas. Y yo creo que no tienen ojos…

Nadie le hizo mucho caso, dado que ya estaban en el momento de decisiones y acción, y no en discusiones teóricas sobre como deberían de ser los gusanitos de los huevos. Abundio, un poco ofendido, comenzó a pensar que debería crear un movimiento crítico dentro del grupo para defender que era importante investigar esos gusanitos. Pero investigarlos de verdad, como los que investigan la Biblia, o sea, pensando sobre ello e imaginando las cosas dentro de su cabeza. Nada de microscopios y esas cosas absurdas. Era una actitud investigativa normal en seres superiores, o sea que estos pequeños seres, metidos en el mundo práctico, no podían llegar a comprenderlo bien. Decidió que iba a escribir sus pensamientos y quizás los podría publicar más adelante. Abundio había leído algo y en una época, había sido abducido por una secta religiosa, los Adoradores de las Sagradas Vísceras, que le habían tenido casi atrapado, hasta que le dijeron que estaba prohibido beber. Lo perdieron para siempre.

Poncio retomó su discurso.
– Gracias, Abundio. Pero ahora, el tiempo es oro. Siempre el tiempo es oro. Todos los tiempos son oro. Son oros. ¡Los tiempos sonoros! Son sonoros porque suenan, como en los relojes de antes. ¡Mira qué especial, este pensamiento!
Luis le recondujo
– Poncio, que si el tiempo es oro… ¡A lo nuestro!
– Sí, sí, Perdón. Es que la mente de un Pensador nunca se detiene. Tenemos que idear, para mañana, un plan que nos permita llegar hasta la Reina Letizia, antes de que comience a engordarse otra vez, y plantearle lo que hemos descubierto… Bueno, lo que he descubierto yo pero que ya compartimos entre todos, porque ahora seréis parte de una cosa que he fundado yo y que se llama… esperad que lo tengo aquí apuntado – explicó mientras hurgaba en los bolsillos de su pantalón para acabar extrayendo un trocito de papel todo arrugado– : “Movimiento Liberador del Mundo Contra la Invasión del Plan Maléfico de los Huevos y las Gallináceas”! ¡El MLMCIPMHG!
Luis, siempre sabio, comentó:
– ¿Y si buscáramos un nombre un poco más simple? Piensa que tiene que llegar al pueblo llano.
– Es verdad, – concedió Poncio– . Pensemos un nombre más simple.
Federico, que había trabajado en una empresa de publicidad, tomó la palabra.
– ¡Tiene que centrar, en una única palabra los conceptos de Movimiento, Liberación, Mundo, Invasión, Plan Maléfico, Huevos y Gallináceas!
– Pues ya me dirás… – aportó el Gordo
– Eso es lo que decía yo en mi nombre. No has hecho mas que repetirlo – espetó Poncio, reclamando reconocimiento.
-Es lo que tiene la publicidad. Decir lo que tu dices pero como dándole más importancia. Es lo que aprendí -se estaba defendiendo Federico, cuando de repente:
– ¡Mantihuega! -gritó desde su rincón Güilian – ¡Mantihuega, Mantihuega!
– Suena a anti huelga – protestó el Andalú, huelguista acérrimo.
– ¡Movimiento ANTI HUEvos de GAllináceas! Y está todo dicho. MANTIHUEGA y se acabó. ¡A ver quién es el imbécil que piensa que no está bien!

Todos se miraron y comenzaron a sentir que no era mala idea, que como palabra, era fácil, comprensible y, aunque no dijera nada de planes maléficos y de invasión del Planeta, esos conceptos eran explicables a posteriori, como acotó el Gordo, cuando la gente preguntara porqué eran anti huevos y de gallina.
– ¡No! ¡Que no! – informó Güilian con un vozarrón de sargento de película. – ¡Huevos y GAllinÁCEAS! ¿O es que no hablo suficientemente fuerte? Si hay algún sordo…

Luis, apaciguador, explicó:
– Así, al decir gallináceas, incluimos también a todos los bichos que puedan parecérseles, para dar más amplitud al movimiento.
Todos estuvieron de acuerdo y la concordia se paseó feliz por el mostrador. Y como nadie había reconocido ser sordo, ni siquiera el Travesti, quedó por unanimidad adoptado el nombre del Movimiento: MANTIHUEGA. Mantihuega… Invitaba a soñar…

Se veían invitados a los programas de TV: “Aquí, Federico, uno de los líderes de MANTIHUEGA, que nos va a explicar cómo ven desde su movimiento el tema de la crisis europea. ¡Un aplauso, por favor!” Se imaginaban entrando a la ciudad a bordo de un jeep militar, con grandes carteles de MANTIHUEGA por todas partes, como jefes del Movimiento que había liberado al Mundo de un Horrible Desastre. Se veían dando conferencias, organizando actos, y hasta algunos, los más bestias, se oían gritar “¡Fuego!”, mientras los zombis enhuevados se desplomaban por exceso de plomo junto a las tapias de los cementerios.

Poncio les volvió a traer a la realidad.
– Para mañana, cada uno piensa un plan para ir a Madrid, y allí encontrar a la Reina Letizia y hablar con ella. Y, de ahora en adelante, vamos a reunirnos en la trastienda… Hay mucho espía por aquí – dijo mientras miraba con ojos de sospecha un viejecito que se había adormecido en un rincón, con un café con leche a medio acabar y una cerveza ya vacía.

Volvieron todos a sus casas. La reunión de hoy había sido breve, pero quizás sus corazones no podían resistir demasiado tiempo tantas emociones. Hacía tiempo que, aparte del tedio y algún enfado, las emociones no se paseaban por sus almas.

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CONTINUARÁ MAÑANA


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