Capítulos “El hombre que decidió volverse inteligente” -6- “LA NOBLE BESTIA”

“LA NOBLE BESTIA”

Habían acordado llevar una pequeña mochilita, maletita o, los más tradicionalistas, un hatillo con dos mudas cada uno, y, aquel que la tuviera, alguna ropa para la ocasión de la entrevista con Letizia. Se encontraron a las 6 de la tarde en el restaurante de una gasolinera de un polígono industrial donde paraban muchos camiones. Allí no llamaban la atención y en un pequeño callejón, podrían subir al camión sin despertar sospechas.

El camión era realmente grande. Monstruoso y blanco, sobre cuya cabina orgulleaba su nombre, escrito con amor: “Noble Bestia”. Cuando Poncio llegó y lo vio, se sintió complacido.

Todo el grupo estaba ya en el bar. Siguiendo sus instrucciones, todos hacían ver que no se conocían entre ellos para no llamar la atención. Por lo cual, pasaban rozándose unos con otros, mirando al suelo y musitando cosas por lo bajo, haciendo imaginarios brindis en el aire con sus cervezas y saludándose con unos misteriosos: “Buenos días, Don Incógnito”, que eran respondidos por otros “Ud. también, Don Incógnito”, dichos intentando no abrir la boca, como los ventrílocuos, y causando los consecuentes rebuznos nasales que llenaban el aire de una especie de zumbido molesto. Las sonrisas, esbozadas y embozadas, y las miradas de supuesta inteligencia iban y venían de unos a otros con absoluta indiscreción. Estaban encantados. Poncio les organizó en parejas y les dijo que, por separado, fueran acercándose al camión conversando plácida y distraídamente, para no llamar despertar sospechas. Como recordando sus tiempos de escolares, inmediata y disciplinadamente formaron en doble fila y, comentándose cosas que cualquiera notaría que no les importaban en absoluto, todas ello dichas a voz en grito para que los demás pudieran oírlo claramente (del estilo: – ¡Qué frío! ¿No es verdad, Incógnito? – Sí, Incógnito. Hay días que hace más frío que otros – Es claro, y éste es uno de ellos. – Sí. – En verano es diferente, ¿no es cierto, Incógnito? – Sí, sí, Incógnito, es verdad… Normalmente hace mucho más calor… – Sí. Y los días son más largos y las noches más cortas”, etc.). Comenzaron a marchar en fila de dos en fondo, como un disciplinado escuadrón militar escocés pero sin gaitas, guardando una distancia perfecta entre las parejas, que no cesaban de intercambiar comentarios gritando a voz en cuello. Luis y Poncio, desesperados, caminaban haciendo gestos disimulados para que se dispersaran, a los que los demás respondían con saludos y mudos gestos de interrogación con las cejas en alto…

Fue la fiesta de los camioneros, que pensaban que era una publicidad de un circo o la promoción de algún banco o algún nuevo prostíbulo, y les siguieron encantados hasta el callejón.

Una vez allí, a la vista de la “Noble Bestia” y como todos tenían claro que lo que pasara con ese camión era mejor no saberlo, se intercambiaron miradas – esta vez sí– de inteligencia, y se retiraron nuevamente hacia el bar, comentando lo bien que lo habían pasado con esos señores tan divertidos y que vete a saber en qué negocios se metía el conductor de la Noble Bestia.

Poncio imaginó que en el futuro, la historia recogería esta escena en los libros de texto. Necesitaba una foto. Un teléfono móvil. El único que tenía móvil era el Ruso, pero era de esos antiguos teléfonos aburridos que sólo servían para llamar por teléfono. Luego apareció el Travesti, que sí que tenía un teléfono que ciertamente no servía para hablar por teléfono, explicó, porque se lo habían cortado por falta de pago, pero que era de esos que son como las navajas suizas de antes pero sin navaja: brújula, termostato, telescopio, scanner, microscopio y traductor del alemán. Y cámara de fotos. Lo ofreció pero advirtiendo que no les dejaría mirar las fotos hasta que no las hubiera sacado del teléfono, pues su vida íntima era de él solamente y nadie tenía porque estar investigando en sus cosas. Finalmente apareció Luis y sacó su teléfono de pantalla no táctil, un poco antiguo pero que para el nivel tecnológico de Mantihuega, era toda una potencia… ¡y sacaba fotos! Disimuladamente se pusieron los once delante del camión, llamándose “Incógnito” los unos a los otros y con súbitos accesos de carcajadas demasiado sonoras y hasta tremebundas, dado que por estar fuera de su repertorio habitual, a ninguno de ellos le salían muy espontáneas y daban un poco de miedo. Pero no podían evitar estar contentos. Era como una excursión con los chicos del cole.

Cuando estaban todos en posición, apareció el camionero que juró que molería a patadas al que sacara una foto de su camión, que era su herramienta de trabajo y que ni loco dejaría que unos descerebrados hicieran circular esa foto. Dos o tres se avanzaron con cara de pocos amigos pero él les cortó diciendo que si había algún problema, nadie iba a viajar gratis a Madrid, que él era muy amigo del Gordo, que el Gordo era el único que podía viajar con él en la cabina y que los demás, si querían irse acomodando en sus literas, podían ir haciéndolo. Ya.

Alguno protestó porque el Gordo tuviera ese privilegio pero, cuando comprobaron las “literas” se dieron cuenta que la elección pasaba más por la imposibilidad que por el privilegio. Eran recintos de dos palmos de altura (dos palmos de manos de niño, es cierto) en los cuales la aprensión que podía producir la aventura de entrar, sólo podía compararse con la duda razonable de poder salir.

:::::::::::::::::

No vamos a entrar en detalles del viaje. Fue aburrido pero lleno de incidencias.

Bástenos saber que en algún momento larguísimamente esperado, llegaron y comenzaron a ser desenlatados por el camionero que explicó: – Vendré más tarde para que me limpien el camión: ¿queda claro, Gordo? Tú serás el responsable. ¡Si no están los demás, lo limpias tú solo!

:::::::::::::::::

No sabían qué hora era, sólo sabían de la alegría del reencuentro con el oxígeno, y que habían estado muchas horas encerrados en unas cajas de lata infames, por las que, no se explicaban exactamente cómo, entraba frío pero no aire. Afortunadamente y con toda seguridad, la atmósfera densa de olores les había protegido del congelamiento. Una vez desdoblados y comenzando el largo proceso de desentumecerse, se vieron en una calle de Madrid, rodeados de esos feos pero prácticos edificios todos iguales, de ladrillos rojos y cemento a la vista, con unos parques bastante respetables El camión les había depositado en uno de esos parques, al lado de una autopista que seguramente sería un gran cinturón urbano… Poncio puso su cerebro en funcionamiento y reunió a todos y les resumió la situación.

– Estamos todos. Estamos bien. Estamos en Madrid. Estamos en un Parque. Afortunadamente aún no salió el sol porque todos habéis ido a hacer pipí en los árboles sin mirar si había alguien cerca. No tenemos dinero para ir a hoteles y no sabemos dónde hemos de dormir. Lo primero es pensar en lo más importante. Y ahora, lo más importante es saber dónde estamos.

– Al lado de la M – 30 – dijo el Loco, que al parecer, conocía la ciudad. Pero nadie le hizo mucho caso, primero porque cada uno estaba pendiente de sus dolores y luego por hábito. Nadie nunca le hacía caso al Loco. A lo mejor, le llamaban así por eso. O viceversa.

– Gracias, Loco – dijo Poncio, ejerciendo de líder sanador y ofreciéndole un mini respeto a cambio de su colaboración. El Loco se emocionó.

– Es que viví en Madrid hace 20 años. Y aquello es, seguro, la M – 30, que es como las Rondas de Barcelona.

– Nuevamente gracias, Loco – reiteró Poncio. – Y ahora, hemos de pensar qué haremos

Luis, el siempre didáctico Luis, pidió un momento la palabra para aleccionar al pequeño ejército.

– Oídme – dijo. – Hemos hecho un viaje gracias al buen corazón de un traficante de modernos esclavos porque es amigo del Gordo, al que también agradecemos sus buenos oficios. Hemos vivido una aventura que ha sido dura.

– “Sí… Horrible… Yo casi me asfixio… Y yo, casi me congelo… Mortal…” – comentaron todos los miembros de Mantihuega.

– Quiero que toméis en cuenta que esto, que a nosotros nos ha llevado pocas horas, es lo que hacen miles y miles de seres humanos, que pagan miles de euros, para poder llegar hasta nuestros países desde lugares enormemente más lejanos. Si alguien se admira del valor de Amundsen conquistando el Polo Norte, o de Livingston buscando las fuentes del Nilo, debe inmediatamente avergonzarse, y darse cuenta de que eran niños de pecho comparados con el valor y la increíblemente optimista obstinación de los grandes aventureros del s.XXI, que son los mal llamados inmigrantes ilegales, que se dirigen a países cuya lengua, en general ignoran, donde saben que nunca serán tratados como “sahibs”, como Señores, sino siempre como cuerpos cargadores o trabajadores sin personalidad que respetar, y que serán constantemente reenviados de vuelta a su tierra: por la policía, por los dichos y gritos de muchos ciudadanos y por los programas de partidos políticos… A menos, claro está, que “alguien” necesite a “alguien” que le haga un trabajo barato y sin tener que otorgarle esos beneficios de los que tan orgullosa se siente la sociedad europea y que costaron larguísimas luchas y cárceles y torturas y asesinatos a los agitadores y a los líderes obreros durante los dos siglos anteriores, y que son aquellos beneficios de los que ahora se vanagloria nuestra sociedad. Aquello que negó, despreciando y castigando duramente a quienes lo pedían, ahora dice orgullosa que la define, como si estos logros sociales fueran algo inventado por ellos, en lugar de recordar que fue lo que la sangre de aquellos agitadores pudo imponerles y que ellos no tuvieron más remedio que aceptar a regañadientes… pero que están dispuestos a olvidarlo en cualquier momento. ¿Está claro?

 

Aproximadamente a mitad del discurso, todos, inclusive Poncio, ya se habían distraído y le oían como un rumor lejano, mientras iban reconociendo el terreno. Se alegraron del “¿Está claro?”, porque les daba la pauta de que se había acabado la charla, y soltaron ruiditos de consentimiento y algunos “¡Sííí!”, desganados para dejar contento al orador.

– ¡Aquello, detrás de las rejas verdes, es un Restaurante! – dijo Abundio.

Acudieron todos a pegar sus narices a las verjas: Un restaurante con suculentas fotos de comida en la puerta se alzaba allí, delante de un inmenso cubo de cemento con altísima torre y con un letrero que decía: Restaurante Alzahara, Cafetería y Bar. Una puerta con forma de cerradura antigua, como para que entraran cabezones, según opinó el Andalú, parecía invitarles a entrar. Pero las rejas verdes bordeaban un parking y la puerta parecía vedada para los viandantes, al menos para los que llevaban un aspecto similar al de ellos. Decidieron rodear el edificio y mientras estaban subiendo unas escaleras que llevaban a una gran puerta, el Loco habló:

– Sé donde estamos. Ésta es la Mezquita de la M– 30

:::::::::::::::::

CONTINUARÁ MAÑANA

CAPÍTULOS ANTERIORES (…y futuros…) AQUÍ


contador de visitas para blogger

 
 
Dejar Comentario

Debe estar Conectado para publicar un Comentario.