DIARIO (diario) DE LA PESTE – Día 10

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EL NEGOCIO DE LAS MASCARILLAS

Décimo día. Estamos espantados…

Cuentan que hay bandas en el barrio que que se dedican a asaltar viejecitas y robarles sus máscaras, dado que se cotizan a precio de oro. Se han llegado a pagar hasta 120€ por una usada y desinfectada. Porque serán ladrones, pero están muy bien organizados: roban la mascarilla, la lavan (presumiblemente), la desinfectan bien y luego te la venden con una garantía de diez lavados más (a tu cargo, es claro).  De todos modos, hay que cuidarse porque la que me dieron a mí estaba desinfectada con lejía y desde que la usé una horita, me queman los pulmones. La he dejado remojándose en leche al menos hasta mañana…

Se cuenta la historia de una señora que luchó valientemente porque no le quitaran su mascarilla y derrotó al ladrón que tuvo que huir. Bueno. Antes se huía. Ahora, significa que se alejó tranquilamente caminando por el centro de la calle, perseguido por los gritos de todos los vecinos que, desde los balcones lo amenazaban. Y les desafiaba diciendo: “¡Baja, baja y acércate a veinte centímetros, que te estornudo encima!” ¡Un horror de persona, desde luego! Eso es problema de valores: los enseñan en las escuelas y se aprende a despreciarlos en la vida social y así estamos.

Son las siete de la tarde. Acababa de salir al patio y desde un balcón, una señora comenzó a aplaudirme. Me emociona.

Eso no es todo. Me giro y veo que desde una ventana, otra señora (tendría que aclarar: una chica bastante atractiva) me saluda haciendo grandes movimientos con su brazo. Me pongo contento y comienzo a hacer reverencias a la chica que saludaba, dando la espalda a la abuela que me aplaudía. Se oye una voz detrás de mí: ¡”Abuela! ¡Que no cambió la hora! ¡El aplauso es a las ocho y ahora son las siete! ¿No se acuerda que anoche se cambiaba la hora?”.

La abuela se retiró. La chica de la ventana, en cuanto vio mi graciosísima danza, dejó de limpiar los vidrios y también se fue. No es fácil aumentar la autoestima en un vecindario así.

Igual me tengo que quedar un rato más en el patio porque mi mujer no me deja volver a entrar hasta la hora de cenar. Dice que ya no me soporta. Y que o me voy al patio, o a la calle, que la multa ya la pagará ella, pero que me vaya. En realidad, lo que quiere es preservar nuestro amor, y ella sabe que así será más duradero e intenso. Tenemos que dar ejemplo a los chicos, le digo yo siempre. Tienen que ver que amarse es bueno, que las parejas son buenas y que no se detestan ni desprecian en el día a dia, sino que están maravillados de haberse conocido. Ella siempre me responde que si yo fuera otro tipo de persona, seguramente le pasaría eso…

Las discusiones sobre los que salen a comprar siguen vigentes. Como si no fuéramos pocos queriendo salir y reclamando nuestro turno (tres sacadas al perro, una a comprar…) a la Bisa (buela) se le ocurrió que también quiere salir, que está harta de estar encerrada con todos nosotros y que necesita ver gente normal, aunque no pueda tocarla. Cuando le insistimos en que es población de riesgo no quiere saber nada y dice que, con la energía que le daría verse libre, se morirían todos los virus que osaran acercársele. Conseguimos disuadirla diciéndole que luego habría que desinfectar la silla y a ella bañarla de cabo a rabo. Ahora dice que prefiere mirar a la gente por la tele que, cada tanto y de casualidad, aparece alguien medianamente inteligente y no como lo que tiene en casa. Todos dimos un suspiro de alivio, porque en el fondo temíamos que si salía, no iba a volver. Y necesitamos desesperadamente su pensión. Y su presencia, que también se sabe hacer querer, la bestia.

Hasta mañana.

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