DIARIO (diario) DE LA PESTE – Día 4 – Organizándonos y sacando al perro

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Cuarto día de encierro. Todo bien, aún. Las pequeñas tensiones cotidianas, si se acumulan, lo hacen de manera silenciosa. Ahora que lo escribo, pienso que quizá la palabra adecuada sería “siniestra”. No sé por qué… Me doy miedo.

Lo positivo del caso es que encaramos en encierro con las mejores armas que nos dan nuestra educación y los libros de autoayuda que todos leímos hace diez o quince años, cuando comenzaron a estar de moda, y que hoy les llamamos “coaching”, horrible palabra inglesa (otra más!) que me suena a cochinada. Y así, tratamos de que el encierro en casa no se transforme en el encierro de Pamplona, con los miembros de la familia transformados en miuras, corriendo por los pasillos embistiendo a cuanta cosa se les ponga por delante.

Alicia es la que organiza las cosas, junto con su madre, aprovechando que la oferta de cosas por internet está subiendo como la espuma. O sea que tenemos un plan diario para no aburrirnos que consta de:

8.00 h – Diana. Todos de pie (los que quieran. Se permite quedarse en la cama hasta las once. ¡Más, no!) Ducha desinfectante y poner a lavar toda la ropa del día anterior. Incluso la interior. Las mujeres lavan, los hombres tienden en el patio de atrás.

8.340 h – Desayuno preparado por Alicia y Ana

10.00 h- Salón comedor- yoga con una profesora muy buena porque tiene una tía japonesa que la inició en los misterios.

10.30 h – Salón comedor – Clase de zumba con los mejores cantantes caribeños de los EEUU

11.30 h – Todos a bañarse y desinfectarse

12.00 h – cocina – Clase de cocina, con el ordenador de Atila. Cada día un cocinero diferente.

12.30 h – Cocina. Cocinaremos por turnos para toda la familia y hay que arreglarse con lo que hay. Se sale a comprar una vez cada dos días. Se pueden apuntar las cosas que hagan falta en la lista del imán de la nevera.

13.30 h – A la mesa. Se recomiendan temas de conversación sobre salud, alimentos, la buena forma de comer, chistes (políticamente correctos, ¿eh, Atila?) y en general, conversaciones que nos permitan una sobremesa agradable y sin altercados.

14.30 h – Todos a la siesta. Antes de ello, se hará el sorteo de a quien le toca pasear al perro en sus cuatro turnos de salida. No habrá más de cuatro, salvo por causa justificada, que el pobre animal está agotado.

17.00 h – Torneo de canasta, en el cuarto de la Bisa(buela). Ana, lleva la lámpara de pie del comedor, que la Bisa no ve mucho y además hay que vigilarla para que no haga trampas.

18.00 h – Tiempo libre hasta las…

19.30 h – …en que nuevamente bañados, desinfectados y vestidos, se presentarán todos a la mesa para cenar.

21.00 h – Podemos ver la tele, (noticias) y si dan una buena película que haya sido votada por al menos el 75% de los presentes. Los niños no votan. Si no ha habido discusiones en la mesa y todos han mostrado un buen comportamiento, se permiten chupitos de orujo de hierbas o similares.

23.00 h – Todos ya en la cama.

Es enternecedor el esfuerzo de las redactoras por meternos en una rutina que (creo que ya lo saben) nunca seguiremos. Pero, por no causar problemas, hemos dicho todos que sí y que nos esmeraremos por cumplir todo lo que dicen. Pero no es fácil.

Por lo pronto, Esta mañana, que me tocaba a mí sacar a pasear al Gran Can, comienzan los comentarios:

Victoria (mi suegra) – Al volver, tendrías que sacarte toda la ropa y ponerla a lavar.

Ana (mi hermana) – Y bañarte tú.

Sara (cuñada)- ¿Y los zapatos? Estarán llenos de microbios. Creo que deberías salir con los zapatos envueltos en una bolsa de plástico para poderla tirar al llegar aquí.

Ana (hermana) -¿Tú sabes la cantidad de plástico que invade el mundo? ¿Y quieres que haya todavía más? (mirando al cielo, como declamadora de poesías) Bolsas vacías flotando en el Pacífico… Bolsas y más bolsas. Un continente entero a la deriva…

Atila (cuñado) -Que use bolsas de papel

Sara (cuñada) – No seas ridículo, se romperán…

Ana (hermana) – Pues desinfectemos siempre los zapatos de todos los que han salido y vuelto a entrar.

Victoria (suegra) -¡No! ¡Si ya han entrado en la casa, puede haber caído un virus maldito en el suelo!

Ana – ¡Y al sacárselos, se le puede haber quedado en la mano!

Victoria – Hay que salir con guantes estériles!

Yo (que también tengo voz en esta casa) -¡Los guantes no son estériles! (Todos me miran extrañados) -¡Si no, de dónde crees que saldrían los guantecitos!

Alicia – ¡Hablamos en serio, Paco!

Victoria (suegra) -Cuando llegue de la calle, que se saque toda la ropa antes de entrar y la mete en una bolsa de basura. Incluídos los zapatos

Yo -Antes de entrar? Me voy a quedar en pelotas delante del todo el vecindario?

Victoria -Es mejor que no entrar un virus a la casa y que se nos coma a la Bisa

Ante ese argumento, todos nos aplacamos un poco. Pero para mí la cosa no estaba tan clara…

Ýo – No pienso desnudarme delante de todos! Mi dignidad me lo impide. Se vería desde todos los balcones de los edificios que tenemos enfrente, a los costados y detrás!

Alicia – Pues sacaré al perro yo. A mí no me importa desnudarme si es por una buena causa!-

Atila da un codazo a su mujer y se le escucha perfectamente decir: “¡Me parece que tu cuñado tiene más cuernos que un alce!”, mientras sonríe malvadamente. Su mujer se lo lleva a un lado y trata de apartarlo del meollo de la discusión, previendo reacciones intempestivas.

Yo – ¿Así que te vas a quedar en pelotas delante de todo el vecindario? ¡Alicia! ¿Por qué me haces esto?

Alicia – ¿A ti? ¿Te hago algo a ti? ¿Machista? Mi cuerpo es mío y no se lo doy a nadie para que lo humille ni mancille, pero si lo quieren ver, que miren… No me importa.

Yo – Claro. Y cuando pasee por la calle todos me mirarán como diciendo- ¡Hey,Paco! ¡Qué buen culo tiene tu mujer! ¿Eh?

Alicia – Para cuando puedas pasear por la calle, ya todos se habrán olvidado

– Auuuugghhhuuuuuaaa!- opinó el Gran Can, que, con la correa ya instalada, sentía el reflejo pavloviano de dejar correr libremente sus aguas interiores.

– Bueno. Mira. Sal y antes de entrar, puedes quedarte en calzoncillos – ofreció Alicia.

– No. Y tú, tampoco.

Mi hermana propone:

–Si quieren salgo yo y me pongo en pelotas yo, que me da lo mismo. Y no tengo nadie que se ponga enfermo por eso… Contando los cuatro días que llevo aquí, encerrada, voy por los siete meses sin follar…

¡Y muchos más que tendrías que llevar! ¡No tenéis vergüenza las chicas de ahora! – intervino mi padre (y el suyo) que aún tenía el tic antiguo de que los padres eran responsables de guardar la virginidad de sus hijas.

Hasta que me agarró el ataque de resolver situaciones:

-¡¡¡Que voy a pasear al perro!!! ¡¡¡No a Chernóbil!!! Se acabó. Me voy y ya veré como entro, si entro o no, si puedo volver a mi hogar o mi propia familia me niega la entrada. Pienso denunciarlo, desde luego.

Agarré la correa del gran Can y me dirigí a la puerta, mientras oía a Sara, la dulce Sara, decir… ¿Y el perro? Habría que hervir al perro… Bueno, quiero decir, desinfectarlo. Porque entre los dedos de las patas, que están tan oscuros y llenos de pelos… Al menos, con agua muy caliente y alcohol…

Huí velozmente. Estamos todos enfermos. Estamos muy mal. Se supone que hemos comenzado la vida en el planeta siendo microbios y bacterias y gusanos o bichitos microscópicos que crecían en el agua podrida… No podemos vivir en un mundo esterilizado. Nos van a volver a todos locos. Piso fuerte las baldosas para darme fuerzas y, de paso, aplastar a los virus que pueda encontrar en mi camino. ¡Se van a enterar!

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