DIARIO (diario) DE LA PESTE – Día 7 –

AVENTURAS DE MEFISTÓFELES Y ALGUNOS DE NOSOTROS

Séptimo día. Todo bien. Todos tranquilos y no ha habido accidentes dignos de mención, por ahora, sólo pequeñas anécdotas:

Sara llama a su marido.

-Atila. Ven al patio y ayúdame

– ¿Qué pasa? -dice Atila, no muy dado a colaborar

– Tenemos que doblar las sábanas

– A mí me gustan más en versión original – opinó mi padre, que a veces tiene ataques de magnífico humor.

La vida sigue, tranquila y sosegada. Los que están más molestos son los gatos, que no saben qué caray estamos haciendo todos metidos en su casa todo el dia. Parece que por la noche, nos soportan, pero todo el día, les agobiamos.

Nuestro primer gato fue Mefistófeles. Estuvo varios días ante la puerta de Victoria, mi suegra, como diciéndole. “Acabas de quedarte sola y soy el gato que el Destino te ha destinado. Abre ya la puerta”. Finalmente, lo adoptó. Luego nos enteramos de otra historia de Mefistófeles, que os dará una idea de su penetración psicológica.

Vivía en una casa hasta que decidieron no tenerlo más. Le tocó, como siempre, al marido llevárselo lejos, en el coche y dejarlo en un vecindario respetable, con casas y jardines. Cuando el marido volvió a su casa, el gato estaba mirándolo muy serio, sentado en la puerta. Lo mismo pasó tres veces más.

Finalmente, decidió dejarlo bien lejos. Por la noche, tuvo que llamar a su señora pidiéndole que le llevara el gato, porque se había perdido y no le funcionaba el GPS. Ofendido, Mefistófeles decidió cambiar de hogar y que mi suegra iba a adoptarlo. Y así fue.

Nos acaban de comunicar que el encierro, encarcelamiento, aislamiento o estancia en el “rincón de pensar” se aumenta en 15 días más. ¡Aleluya!

Mi HermanAna está de los nervios. Este fin de semana sin salir y la perspectiva de dos fines de semana más, al menos, incluyendo viernes por la noche, no le sientan nada bien. Nos mira a todos como si nosotros fuéramos los culpables y trata de olvidar su frustración poniéndose música en el jardín y danzando sola. Por supuesto, siendo nuestra casa el único sitio con jardín y patio en medio de altísimos edificios, tiene mucho público y de todas las ventanas la aplauden. Algunos jóvenes bailan también, impotentes, en sus balcones y le gritan cosas como “guapa” o “Pon algo de Los Inodoros” (grupo musical que hasta ahora ignoraba, afortunadamente) o cosas más directas del estilo: “¡Tía buena!” o hsta un “¡Por ti me lamería todas las barandillas del metro!”, lo cual antes se decía mucho más románticamente: “Podría morir por ti” y era mucho más genérico, menos arriesgado y más decente, creo. No sé cómo hemos llegado a esta desvalorización del romanticismo, pero a ella parece no importarle, y sigue bailando como si nada. Para sí.

Creo que hay un plan para aplaudirla, mañana, a las 9,20 de la noche, entre el aplauso a los sanitarios, el homenaje a los que se han salvado, con móviles encendidos, los diez minutos del DJ (de 9:32 a 9:45, el agradecimiento a los perros que nos permiten pasear un poco, con ladridos o aullidos, según lo que te salga mejor… Ah: falta el aplauso a la policía, para que no nos multe si nos pillan… Y también tenemos caceroladas, cada vez que habla alguna Alta Autoridad del Estado… La cacerolada del Rey, la del Presidente y parece ser que se prepara una para cada uno de los vicepresidentes (tenemos 4) Y, finalmente, faltarán –supongo– los 18 ministros. Es un no parar, entre vítores y abucheos. Por suerte, mi hermana se lleva sólo los vítores.

Con estos 15 días más, comenzamos a estar un poco aburridos. Mi padre está llamando a todas las compañías telefónicas que antes le llamaban, para que le informen de nuevas tarifas. Y le encantan los acentos latinoamericanos.

La verdad es que, excepto en las cenas, la vida transcurre plácida y relajada

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