DIARIO (diario) DE LA PESTE – Día 8 – ¡NO VINO EL VINO!

¡NO VINO EL VINO!

por Sergio Dantí

Hoy he tenido uno de los estremecimientos (desagradables) más importantes de mi vida. Me tomó de improviso, cuando estaba paseando por el súper. De mis compras, ya imaginaba que no encontraría alcohol, imposible de conseguir hasta marzo, dicen, venía preparado para esa eventualidad.
Mi padre, siempre creativo, decidió que si no había alcohol, podíamos desinfectarnos las manos con mercuriocromo, para lo cual preparó una solución y la metió en un pulverizador, y se pasó toda la mañana persiguiéndonos con el aparato infernal hasta que mi madre lo vio y casi lo deja seco de un grito. Tarde, porque los niños ya estaban todos de color naranja, como en una película de extraterrestres. Menos mal que solo la cara y las manos, los puños y cuellos de las camisas habían sucumbido. Y algunos de los zapatos familiares que estaban dispuestos en la puerta (ahora –siguiendo la costumbre japonesa- nos sacamos los zapatos antes de entrar a casa) que teñidos de un deprimente color ictericia se secaban lentamente. Las explicaciones a toda voz de que allí se ocultaban los malvados coronavirus que venían a comérsenos los pulmones no convencieron a mi madre ni a ninguno de los propietarios de los zapatos.
En fin. Estaba con lo del súper… Había visto que el papel higiénico estaba allí, reposado, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlo, que la gente iba con guantes, casi todos con mascarilla… todo bien. Hasta que giro una esquina entre dos altas góndolas (qué romántico, ¿no?) y me veo esto (ver video)
El pueblo ha acabado con las botellas de vino. Sólo quedan dos o tres del de 24 € y unas pocas de vino blanco.

Me dicen que ayer, hubo una estampida y todo el mundo se llevó las botellas de vino. Y el vino nuevo aún no vino, pero que en cuanto venga, seguramente pasará como con el papel higiénico. O sea: desapareció el vino y yo no sé qué es lo que pasó, pero me temo que sé lo que va a pasar… volví rápido a casa y solté la noticia, para cortar la animada conversación (es un decir) sobre los efectos de la mercromina –incluso diluida- sobre la ropa y las pieles de personas y zapatos. Los gritos de indignación y los de defensa de mi padre, se fueron trocando en otros de incredulidad, de acusarme de que mentía, que era un invento mío, que había mirado mal… Les mostré el video y todos callaron para , acto seguido, comenzar a explicar sus diferentes teorías conspiranoicas y sobre el fin del mundo o el alzamiento social que no dejaría títere con cabeza…

Aunque en casa no somos muy de beber vino, fue saberlo y que todos sufrieran un súbito asalto de anhelos etílicos, vinícolas o de otra guisa (no importaba ya) y unos deseos terribles de beberlo. Mientras la Bisa(buela) servía vermouth para todos (cosa que fue muy bien recibida por todo el elemento adulto de la casa y con miradas de asco y reconvención de los niños, que nos consideran alcohólicos irredentos (¡Cómo podría ser de otra manera si no hacemos más que decirles que es malo, que no es para ellos y que les arruinaría la salud y luego nos pasamos glorificándolo como si fuera la esencia de la vida! ¡Y cada vez que nos divertimos en familia, recordamos cuando no-se-quién se emborrachó, como nos reímos, que cuando fuimos a la comida de otro no-se-quién había un vino buenísimo y que se acabó en segundos!) (Los niños se pasan un montón de años deseando ser grandes para poder beber vino y emborracharse y ser tan divertidos como los adultos. ¡Qué tontos somos!)

Tememos ahora sí, un levantamiento social de enormes proporciones, a menos que comience el Estado a paliar este problema… Por suerte, no me toca volver a salir a comprar hasta dentro de cinco días (espero que para entonces se me haya borrado el color naranja de las manos). Prefiero tener las informaciones de a poco, encerradito en casa y con la tranquilidad de que puedo quejarme pero que no estaré expuesto, en plena vía pública, a los avatares de las insurrecciones encabezadas por señores y señoras de la tercera edad que, no nos engañemos, son los principales consumidores compulsivos de este elixir de dioses, según decían los griegos o de este excelente producto de nuestra industria química, según dicen los vendedores de los tetrabriks de hoy.

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