Capítulos “El hombre que decidió volverse inteligente” 2.- Los primeros seguidores

 Capítulo 2.- Los primeros seguidores

Se puso un abrigo sobre el pijama–jogging de una especie de tela de plástico chino que usaba para todo y salió sin saber a dónde iba. Bajó los cinco pisos de su escalera saltando histérico. A cada escalón iba diciendo por lo bajo “¡Un huevo, dos huevos, tres huevos…!” Llegó a ciento sesenta y cuatro huevos, uno por escalón y al salir a la calle volvió a tratar de pensar, sin emocionarse demasiado, pues se dio cuenta de que eso lo distraía. Tenía que hacer como los verdaderos sabios, y pensar fríamente, sin miedo ni emoción. Si los huevos tenían un plan para dominar la Tierra, no era su problema… Pero si él podía evitarlo, sería un Héroe Mundial. Más que un Campeón de Tenis. O de moto.

Trató de calmarse… “Espera, espera… Dominar la Tierra…” Eso era demasiado… Dialogaba consigo mismo con ansiedad, se preguntaba y se respondía en silencio: “No creo que haya peligro, porque los huevos son muy cortos de mente. Imagina que el peligro fuera que pudieran volverse muy grandes, inmensos. Como si en cada docena de huevos sólo entraran cinco. O dos. –¡Pero no!.. ¡¡Una docena seguiría siendo una docena y entonces sería enorme!! –¡Pero aunque fueran muy muy grandes, sería igual: como no tienen ni pies ni alas ni brazos, no pueden hacer nada! ¡Todo lo tienen que hacer las gallinas, que son un poco tontas y ni siquiera tienen dientes como para comernos!”

Sin saber cómo, se encontró delante del bar de Luis. Entró y pidió un coñac barato. Luis, el paciente Luis, le recordó que ya debía muchas copas y cafés, y que había prometido que no volvería a pedirle nada… Eso lo motivó aún más, si cabe. Se metió detrás del mostrador, tomó a Luis por los hombros, lo miró a los ojos, con un fulgor que hasta hoy ambos desconocían.

–Luis… Esto es lo más Grande que te habrá pasado en la Vida… Sírvete tú también y escúchame… Estamos en un grave peligro y yo soy el Único Humano que lo sé y ahora tú también eres Otro Único Humano que lo sabe, y tenemos que hacer algo.

Inmediatamente y sin ahorrar mayusculas, le recitó todas sus conclusiones, sin omitir nada. Tras oir las trágicas y amenazadoras razones, Luis, que no era tonto (tampoco) le rebatió:

–Mira, amigo Poncio: si esto fuera así, desde que aparecimos los humanos, les hemos fastidiado el plan. Piensa que nosotros, no solo freímos y nos comemos los huevos. ¡También nos comemos a las gallinas! Y ellos, los huevos, lo sabrían y si quisieran dominarnos, no nos dejarían que los comiéramos, porque si se dejan comer, si nos los vamos comiendo, entonces habría cada vez menos huevos. ¡Y, lógicamente, menos gallinas!

Poncio se quedó como de piedra. Como de cera. Como de hielo. Como de helado de limón con agua guardado en el congelador. Frío y con pequeños estiletes de hielo que se le clavaban en el cerebro… No era que la objeción le hubiera molestado… ¡Al contrario! ¡Acababa de abrirle la puerta definitiva!

–Luis… Éste es el punto crucial… Tú te crees que son tontos estos huevos, porque aún eres un poco ignorante, pero yo he decidido pensar y ahora soy un Pensador… Y cuando uno comienza a pensar, no puede parar… Ya soy diferente. ya soy otra persona. Y ahora me he dado cuenta de que la verdad es exactamente todo lo contrario de lo que acabas de decir. ¡Son diabólicamente inteligentes los huevos! ¡Son inmensamente inteligentes estos huevos! Ellos han querido, ellos han decidido volverse sabrosos, ricos, alimenticios, apetecibles, ellos y también sus gallinas estúpidas–robots… para que nos las comiéramos y nos gustaran. Esa ha sido su táctica de dominación: ¡Ser necesarios! Porque saben que así, si los Hombros Sabiens los necesitan… ¡¡nunca se acabarán!! ¿Lo ves? ¿Me sigues? ¿No te das cuenta de que, por culpa de la causa de la razón de que nos los comemos, los humanos hemos instalado millones de criaderos de gallinas y huevos por todo el mundo? ¿Has pensado en los millones de millones de gallinas que ocupan la tierra, encerradas en sus granjas, poniendo millones de millones de trillones de huevos cada día? ¡Nosotros somos sus esclavos, sus criadores que les buscamos comida, y les damos las casas más confortables y les curamos las enfermedades!. ¡Y hora, hay personas, como zombies a sus órdenes, que vigilan para que vivan felices en el campo, que no les molesten y les ponemos calefacción y música y aire acondicionado para que estén más felices! ¡¡¡Y cada vez hay más!!! ¡Y somos nosotros que las ayudamos a reproducirse y a poblar toda la tierra! ¡Y en cuanto nos descuidemos, zas! ¡Los huevos se nos echarán encima!

A su alrededor ya se había montado un grupito de excéntricos parroquianos que, aunque habituados a escuchar divagaciones curiosas de los borrachos de turno, nunca habían visto semejante pasión en escena. No entendían mucho lo que pasaba pero intuían que yendo tras de él tendrían alguna diversión asegurada. Poncio hablaba con terror, con auténtico y terrorífico terror. Además, ya se paseaba por todo el local a ciegas, pendiente tan solo de la concatenación de ideas que le estaba llevando a su descubrimiento más brutal. No había forma de parar esa catarata de conclusiones que como siempre, cuando más vehementes son, más ciertas parecen. Por eso avanzaba inatajable, atropellando sillas y personas, gesticulando con peligrosa amplitud, mientras iba creciendo su horror…

–Porque… ¿Y si resultara que los huevos son mucho más inteligentes de lo que nosotros nos pensamos y aprovechan que nos los comemos para invadir nuestro cuerpo? A lo mejor, cuando los comemos, tienen como unos microbios que nos infectan la sangre y nos ocupan el cerebro… y nos obligan a hacer cosas que nosotros no queremos pero que a ellos les convienen para sus planes… ¡Ellos nos manejan! ¡Mira si es verdad… si es cierto que nos invaden el cuerpo y la mente! ¿Os imagináis si los hombres, en lugar de pensar con el cerebro limpio, tuvieran el cerebro contaminado, ocupado por los huevos? ¿Por los microbios y virus de los huevos? ¿Y fueran los huevos los que piensan por ellos? ¡Imagínate un mundo de hombres dominados por los huevos! ¡Y a lo mejor, resulta que nos dominan las mentes y nos hacen hacer cosas terribles para acabar con la raza humana, como las guerras y todo eso! ¡Y tienen preparada una guerra espantosa para que nos muramos todos y luego ellos ocupar el mundo! ¡¡Seguro que con las radiaciones atómicas de la bomba, los huevos mutarán y se harán inmensos, y las gallinas también, como dinosaurios!!

Los parroquianos, atraídos por su voz cada vez más estentórea y/o histérica le escuchaban con respeto. Proseguía Poncio, tumbando sillas, mesas, copas de carajillo, servilleteras de lata, incluso a algún cliente en su marcha incontenible hacia su verdad. La lógica ya no era necesaria: un sentimiento de hermandad y urgencia se estaba instalando en los corazones de todos los clientes del bar de Luis. Incluso en Luis.

–Y si los huevos mandan… ¡Manda huevos! ¡Luis! ¿Has oído? ¡Manda huevos! ¡Eso lo dicen muchos hombres y también es una frase de la sabiduría popular! Incluso lo dicen los que mandan, porque ellos lo saben. Los que tienen poder. ¡Se lo escuché decir a un presidente del Congreso! ¿Y no es verdad que dicen que los hombres fuertes o los más bestias hacen cosas porque “les sale de los huevos”? ¡Eso es la sabiduría popular, Luis, señores…! Y si es sabiduría popular, es que es cierto. Cuando decimos: “Hago lo que me sale de los huevos”, estamos diciendo exactamente eso: ¡que cumplimos órdenes de los huevos, los de las gallinas, no de los nuestros! ¿Te das cuenta? ¡¡Estamos totalmente ocupados, tomados, infectados, poseídos por los huevos!!

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¡CONTINUARÁ MAÑANA!


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